la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas ridículas ceremonias, le entregaron las
llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.
El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada a toda la gente que
el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los que lo sabían, que eran muchos. Finalmente, en
sacándole de la iglesia, le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo del
duque le dijo:
–Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a tomar posesión desta
famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta que se le hiciere, que sea algo intricada y
dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y
así, o se alegra o se entristece con su venida.
En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando V