vuelto, y que desde allí en adelante jamás le pidiría nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y,
bajando la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo
también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y, poniéndose el índice de la
mano derecha sobre las cejas y las narices, estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó
la cabeza y mandó que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y, en
viéndole Sancho, le dijo:
–Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.
–De muy buena gana –respondió el viejo–: hele aquí, señor.
Y púsosele en la mano. Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo:
–Andad con Dios, que ya vais pagado.
–¿Yo, señor? –respondió el viejo–. Pues, ¿vale esta cañaheja diez escudos de oro?
–Sí –dijo el gobernador–; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora se verá si tengo yo
caletre para gobernar todo un reino.
Y mandó que allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose así, y en el corazón della
hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo
Salomón.
Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos diez escudos, y
respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su contrario, aquel báculo, en tanto que
hacía el juramento, y jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de
jurar, le tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél estaba la paga de lo que
pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los
encamina Dios en sus juicios; y más, que él había oído contar otro caso como aquél al cura de su
lugar, y que él tenía tan gran memoria, que, a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse,
no hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron,
y los presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras, hechos y movimientos de Sancho
no acababa de determinarse si le tendría y pondría por tonto o por discreto.
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