esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bien
intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme
reprehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión,
pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza, y no es bien que, sin tener
conocimiento del pecado que se reprehende, llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto.
Si no, dígame vuesa merced: ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y
vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno della y de mi mujer y de
mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino a troche moche entrarse por las casas
ajenas a gobernar sus dueños, y, habiéndose criado algunos en la estrecheza de algún pupilaje, sin
haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse
de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asumpto
vano o es tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos dél,
sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por
tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta
inreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron las
sendas de la caballería, no se me da un ardite: caballero soy y caballero he de morir si place al
Altísimo. Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y
baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera religión; pero yo,
inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio
desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado
insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es
forzoso que los caballeros andantes lo sean; y, siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de
los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer
bien a todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece
ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes.
–¡Bien, por Dios! –dijo Sancho–. No diga más vuestra merced, señor y amo mío, en su abono,
porque no hay más que decir, ni más que pensar, ni más que perseverar en el mundo. Y más, que,
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