pero, como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se
muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas,
con las cuales y con otras muchas que se llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo
esto, por dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia de criar en sus aguas
peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto
que agora os digo, ¡oh primo mío!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondéis, imagino
que no me dais crédito, o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo sabe. Unas nuevas os
quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en
ninguna manera. Sabed que tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel gran
caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel don Quijote de la Mancha,
digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos ha resucitado en los presentes
la ya olvidada andante caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos
desencantados; que las grandes hazañas para los grandes hombres están guardadas’’. ‘‘Y cuando así
no sea –respondió el lastimado Durandarte con voz desmayada y baja–, cuando así no sea, ¡oh
primo!, digo, paciencia y barajar’’. Y, volviéndose de lado, tornó a su acostumbrado silencio, sin
hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos, acompañados de profundos
gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, y vi por las paredes de cristal que por otra sala
pasaba una procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con
turbantes blancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una
señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y
largas, que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras;
era cejijunta y la nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes, que tal vez
los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas
almendras; traía en las manos un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de
carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda aquella gente de la
procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con sus dos señores estaban
encantados, y que la última, que traía el corazón entre el lienzo y en las manos, era la señora
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