Lo que pienso, lo que siento y lo que hago… Miren lo que encontré.
Mis pensamientos, mis sentimientos y mis emociones los maneja mi mente, y ella es definitivamente ingobernable. Ella me lleva a donde quiere y no yo a ella; y además se hizo muy amiga de mi Ego (¿o es dependiente de él?), y ambos decidieron durante lo que llevaba de vida que yo trabajaba para ellos y no al revés.
Mi mente suele agarrarme de la mano y me arrastra al pasado. Empiezo a recordar lo que me hicieron, cómo me lo hicieron, quién me lo hizo y cuándo me lo hicieron, y empiezo a revivir lo que sentí. Entonces regreso al presente con un costal de resentimientos hacia la gente involucrada, con miedos de que se repitan las situaciones y con un montón de culpas por lo que permití, por lo que no supe manejar, por lo que dije o no dije, etc. Cuando junto todo, y como buena Comedora Compulsiva, cocino un rico platillo con el que me autoflajelo, me odio a mí misma, me victimizo y me autocastigo.
También a veces me lleva al futuro, y fantaseo con las cosas que harán o no los demás, o lo que sucederá “por mi mala suerte”, o lo que seré o no capaz de hacer y decir. Cuando regreso al presente lo mezclo todo y cocino otro delicioso platillo con el que me lleno de miedos y angustia, así como de otras emociones que me llevan a la inacción, la dependencia y la frustración por cosas que nunca pasarán en realidad.
Muchas veces dejo que libremente pierda el tiempo de mi vida criticando, juzgando, devaluando, envidiado a todos y a todo. O la dejo ir por ahí de libre, fantaseando venganzas, suponiendo, inventando cosas. Por supuesto, esa “mente” es una maestra adivinando el pensamiento de los demás.
Y como ella siempre esta pendiente de las necesidades de mi Ego, es muy hábil encontrando maneras de llevarme a sentimientos de grandeza o de devaluación profunda dependiendo las circunstancias y de las personas involucradas.
Todo esto es un verdadero desperdicio de tiempo, pero me da para cocinar apetecibles platillos que me llenan de resentimientos, soberbia, envidia, amargura y miedos.
Así, finalmente, me doy cuenta de que mi mente ingobernable me lleva a tener pensamientos ingobernables, y que estos pensamientos me llevan a sentimientos ingobernables, y que ambos me llevan a un actuar de manera ingobernable.