Empecé a comer como nunca antes lo había hecho y cuando menos me di cuenta ya había subido muchísimo de peso. Las monjas cocinaban como los verdaderos ángeles y recuerdo que hacían unos frijoles prensados exquisitos los cuales untábamos sobre bolillos recién horneados...uff, era inevitable para mi comer uno tras otro.
Vivía con mucha ansiedad y no sabía como controlarlo, había días que me metía a escondidas a la cocina para robarme algo de comida. Subí considerablemente de peso y después me costó mucho trabajo bajar esos kilitos que había ganado.
Finalmente salí de ahí para meterme a estudiar a la facultad como querían mis papás.
Justo a la mitad de mi carrera univesitaria conocí a quien ahora es mi esposo. Fue amor a primera vista ¡estoy segura! Supe desde el primer instante que quería pasar el resto de mi vida a su lado. Yo todavía estaba un poco pasada de peso pero aun así le gusté y nos enamoramos pero lo que más me cautivó de él fue el apoyo que me dio para retomar mi sueño y luchar por mis ideales y sin pensarlo dejé mis estudios y me fui a la ciudad de méxico; el problema es que jamás imaginé lo que estaba a punto de vivir. Entré a estudiar a actuación y la presión por bajar de peso era mucho peor de lo que hubiera imaginado. Mis compañeras eran extremadamente delgadas y yo empecé a obsesionarme con eso.
Entré a la carrera pero como todavía seguía con la idea de irme a estudiar actuación a México, sabía que para lograrlo debía bajar de peso, así que empecé a hacer todo tipo de dietas hasta que una amiga me dijo que ya dejara los productos milagrosos y las dietas y que mejor aprendiera a vomitar; que de esta forma podía comer lo que quisiera sin subir de peso y en dos pasos me explicó como hacerlo. Fue ese el momento en el que puedo decir que caí en las garras de los transtornos de conducta alimentaria. La bulimia me atrapó fuertemente hasta llevarme a un punto casi incontrolable en donde sin esfuerzo podía sacar de mi cuerpo todo lo que ingería.