SIN PELOS EN LA LENGUA - ALBERTO AGUIRRE Y FERNANDO GONZÁLEZ | страница 47
sacerdotes o sacerdotes frustrados. Mi primo,
el monaguillo, por ejemplo, es un obispo en
formación” (p. 304). Y este texto transparente:
“Me fui triste. Terminó mal este jueves para
mí. Por la carretera iba soñando en mi frustrado
sacerdocio. Comprendí que esa era mi vocación, y
por eso he fracasado, me han quitado los empleos
y no aman mis libros” (p. 308).
Y esta proclama señala mundos recónditos de su
alma, sus palpitaciones más íntimas: “El dios está
escondido. El dios inmane y está dormido en todos
nosotros. Lo malo estuvo en haberme casado, pues
la familia necesita mucho y me hace santista y
lopista. El filósofo no debe tener sino una donna
di tempo, una ‘dentroderita’ impetuosa. Lo demás
es para ganaderos o para los del almacén, gentes
sin cerebro” (p. 573).
Fernando González era todo aquello —poeta,
novelista, etc.— porque era filósofo. Y esas son
manifestaciones de su ser. Pero veamos antes qué
se entiende por filosofía.
“Los anestésicos sirven para el dolor físico y la
filosofía para el alma. Yo me siento alegre en esta
esquina del Parque, antigua esquina de ‘don Paila’.
De todo se puede sacar alegría. Ayer filosofaba
en un tranvía, teniendo al frente, repantigado
en dos asientos, ahíto, en mangas de camisa, a
un motorista parecido al mono grande que había
en Marsella: él estaba allí, echándole el vaho,
45