SIN PELOS EN LA LENGUA - ALBERTO AGUIRRE Y FERNANDO GONZÁLEZ | Page 40
derivan. Eso de la olla gorda es expresión popular
para decir complicidad. Por allá dice del cura que
le pegó un guascazo a un borracho atravesado
en una procesión; el académico hubiese dicho
“puñetazo” o, a lo mejor, “un duro golpe con su
mano empuñada”. ¿No es cierto que suena más
fino? Y se regodea con los dichos del pueblo: le
decía Aniceto, en la feria, de una vaca: “Da más
leche que una ladilla parida”. En Colombia, país
alambicado, eso no es serio, ni puede ser serio
libro que utilice tales voces. El presidente del
concejo de El Sitio —hoy Copacabana— le decía
al secretario, al empezar la sesión: “Uribito, lete
lata”. “Sírvase leer el acta, señor secretario”, dice
la Colombia constitucional.
Y qué bella su prosa; límpida, traslúcida, de un
sobrio hálito poético. No por floritura, sino para
decir mejor la cosa, que, dicha bellamente, resulta
más certera. “Cuánta humillación hubo de sufrir
Marco Fidel Suárez para que le perdonaran el
haber sido hecho allí do las aves organan y el agua
hace manso ruido, es decir, en una zanja de una
mangada de Bello” (p. 6).
Y este texto es límpido:
“La tarde moría sobre el valle del Aburrá,
lentamente, como se muere una santa; las figuras
de los judíos, de Poncio Pilatos y de San Juan se
desvanecían en la penumbra; indudablemente que
se desvanecían para no ver lo que iba a pasar, pues
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