SIN PELOS EN LA LENGUA - ALBERTO AGUIRRE Y FERNANDO GONZÁLEZ | Página 38
Encomia a Mussolini (“calvo, duro, casto, sobrio,
jinete, ciclista”), que está a punto de conquistar a
Etiopía “a pesar de Inglaterra, a pesar de Europa
y a pesar de la cobardía de los italianos” (p. 32). Y
elogia la política del dictador italiano de que “el
capital y el trabajo estén bajo la autoridad suprema
del Estado”. Pero pone esta glosa en la página 77:
“Con esto, Mussolini puso fin al individualismo.
Acabó con la originalidad, con la iniciativa, con
todo lo bello. La libertad, belleza, todo lo cercano
a Dios se refugiará durante siglos en las cavernas”.
Por eso, sería trivial calificar a Fernando González,
como hacen algunos púdicos —más ignorantes que
púdicos—, de inclinaciones “fascistas” (recuérdese
que, años atrás, había sido expulsado de Italia por
sus escritos contra Mussolini). En realidad, aquí,
en este mismo párrafo, hay un dato: ni encomia ni
elogia, verifica. Por ahí cita a Spinoza, en lema que
es el suyo también: “El filósofo, que entiende, ni
ríe ni llora”. Y quería entender. Y entendía —es la
idea de Bolívar, que González explicó bien en un
libro— que pueblos gregarios e informes necesitan
gobiernos fuertes. Lo más funesto es la corrupción
de naciones hipócritas e inicuas, amparadas en un
fofo paramento democrático.
Quizá por eso llama “revolucionario” a Franco,
cuando se alza en 1936 contra la República
Española. Excitó, en principio, su instinto
anarquista, y creyó que se trataba de un
revolucionario. Error garrafal. Luego vio claro.
36