SIN PELOS EN LA LENGUA - ALBERTO AGUIRRE Y FERNANDO GONZÁLEZ | Página 30
se ha cumplido, aunque no exactamente por el
Negro Cano. Pero los yanquis sí son los mismos,
e igual el apretón.
Escribió el 7 de agosto de 1942: “Acaba de
terminar Eduardo Santos su vanidad. ¿Para
qué, ya? Todos son ladrones. Y acaba de subir al
taburete el rey de los ladrones, Alfonso López”
(p. 578). Era un verbo duro, como un latigazo.
Algo también insólito en este país de la pompa y
el besamanos, donde los periodistas y los filósofos
y los intelectuales se inclinan reverentes ante todo
lo que trasunta poder y dinero. De ahí ese lenguaje
melif luo que aquí reina. El verbo descarnado
de González los asustaba. Y, claro, los irritaba.
Bregaban por callarlo. Era como un azote, porque
Colombia sigue siendo un prostíbulo. Vea lo que
escribía, en especie de sermón demoniaco dirigido
a este mulato ladino:
“¡Ánimo, ladrón!... No permitas que te domine
el pánico de la Cosa inf inita: te perderás
económicamente. En la economía burguesa no
puede entrar el pánico nocturno, el alma llevada
en la noche como pajuela de viento huracanado.
[…] ¡Sé duro, hijo del dios Mammon!... Sordo a
la voz de la Cosa infinita, si quieres ser gerente
del Monopolio del Tabaco y del Prostíbulo...
¡La voz de la conciencia!... ¡Huye de la voz de
la conciencia! […] ¡Ciegos seremos al temblor
de la conciencia!... Somos los colombianos, los
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