SIN PELOS EN LA LENGUA - ALBERTO AGUIRRE Y FERNANDO GONZÁLEZ | Page 23
Por eso es que resulta delicioso leerlo. Y excitante.
Aquí, con tan variados sesgos y ángulos y reflejos
—un poliedro—, va uno viviendo, a salto de
mata, un pensamiento. Y la delicia se acendra
al leerlo de corrido, saltando de uno a otro
campo, de la novela al poema, a la biografía, al
ensayo filosófico, al atisbo sociológico, al análisis
político de la realidad inmediata, a la punción
de las costumbres, a la descripción de los modos
populares. Es un perpetuo asombro. Y, al remate,
se sabe que se ha leído UN libro, no el arrume de
textos disparatados.
Funciona como texto de historia de Colombia.
Porque no es la simple revista o repaso de los
acontecimientos, sino su perforación. Cava
hondo, cava hondo, decía Nietzsche. Y Fernando
González cavó. Leído hoy, sesenta años después,
tiene la condición del texto histórico. Porque logró
ese milagro de la levitación que aconsejaba Ortega
para entender el propio tiempo: distanciarse,
elevándose, para así apreciar, en frío y en conjunto,
el fenómeno.
Y se empieza a comprender un país que arrastra
lacras desde sus inicios. Esto que decía Fernando
González en mayo de 1936 vale hoy: “Colombia
tiene pueblo y no tiene clase directiva” (p. 3).
Al apreciar el fenómeno político, forzando una
perspectiva histórica, componía también una
sociología. Esto es, un texto que permitiera
asomarse a la sustancia de esta sociedad.
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