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HIJOS DE LA IRA

Dos hermanos muy parecidos, pero muy distintos en su forma de ser, crecieron en un barrio no muy tranquilo. Lo único que le quedaba era su madre porque el padre había fallecido una desafortunada noche. Esteban, el mayor, que tendría por entonces unos 10 años, no entendía porque había ocurrido, o porque tuvo que ser su padre, y la angustia y la desesperación le recorría todo el cuerpo.

Al funeral acudieron muchos viejos amigos. Juntos lloraron a los pies de la tumba de su padre. No es que hiciese un muy buen día precisamente, porque parecía que hasta las nubes se iban a caer del cielo, y entre la bulla y los llantos se le acercó Miguel, un amigo de la vieja guardia. Les dio el pésame, les confesó que su padre había sido uno de sus mejores amigos y que le había dolido mucho su partida, pero que seguro estaba en un lugar mejor y que nada se iba a quedar así. A Esteban, que lo vió muy seguro cuando le decía todo eso, se le vino a la mente continuar por el camino que había trazado su padre, pero no se atrevió a decírselo; y mientras pensaba en eso, un frio intenso le recorrió su cuerpo y las ganas de llorar se le notaron en los ojos, pero Miguel no dijo nada.

Los días iban pasando, Esteban no parecía el mismo, estaba más serio que nunca, y de la noche a la mañana dejó de jugar como cualquier niño de su edad. La madre le notaba diferente, empezando por su forma de ser, su forma de vestir y después con sus amistades, también empezó a tener ausencias y problemas en el colegio.

Un día, cuando andaba por el malecón, se le acercaron tres chavales vestidos de una manera peculiar que él enseguida reconoció y le hicieron preguntas desagradables como: “¿Tú eres el hijo del fallecido?” o “¿qué tal la reunión en la iglesia?”. Esteban, al verse delante de ellos, tuvo ganas de pegarles y empezó a pelear con ellos, pero sin suerte pues acabó de bruces en el suelo

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De regreso a su casa, después de lo sucedido, se encontró con Miguel y unos chavales más que estaban con él sentados en el parque. Miguel, al verle magullado, se le acercó y le preguntó preocupado que le había pasado. Esteban le contó lo sucedido y lo que le habían dicho sobre su padre.

Miguel quiso saber dónde había ocurrido todo. Se dirigieron al lugar a ver si encontraban a los chavales que habían herido a su amigo o alguien que supiera de ellos. Estuvieron buscando y buscando y, cuando ya pensaban que nunca los encontrarían, vieron a los tres chavales en un parque, sentados, bebiendo y fumando. Cuando uno de ellos se dio la vuelta por casualidad, reconoció a Esteban, pero lo que le sorprendió no fue verlo a él, sino con quien estaba en ese momento.

De repente, por el fondo, se escuchó un grito “¡ uuUU!”, los chavales se pusieron de pie, cogieron las botellas en sus manos y, sin mirar atrás, empezó la pelea. Al momento se empezaron a escuchar las sirenas de la policía; todos salieron corriendo, pero en la reyerta la policía consiguió alcanzar a Esteban y a dos de los chavales de la otra pandilla.