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.Pensó que con un lavado de estómago sería suficiente. El médico entró a su habitación con cara rara, como si se hubiese muerto alguien ¿Algo va mal? le preguntó.

El doctor no divagó: “Esther, lo lamento, has contraído el sida y está muy avanzado”. Esther se quedó en estado de shock. Al momento se derrumbó, no sabía si era un sueño o una broma o qué. Pensó en aquel chico guapo, alto y simpático con el que chocó de camino a la escuela que al final resultó ser su ruina.

Avisó a sus padres. Allí fue cuando se dieron cuenta de que habían descuidado a su hija, si ellos hubieran estado quizás nada de esto hubiese ocurrido, pensaba Esther. Pero, en fin, ella no quería culpar a nadie, nadie le obligó a hacer las locuras que hizo por dinero. Pensó que se había destrozado la vida ella sola, tan sólo por aquel polvo blanco sobre el papel de plata.

ATRAPADOS

Un día, desolada, salió de casa a pasear, se sentó en un banco en un parque, se le acercó un hombre de buen aspecto, se sentó a su lado y habló con ella. La invitó a cenar en un restaurante de los caros y después le propuso ir a un hotel con él. No lo dudó, si no fuera por él, pensó, no hubiera cenado ese día y tenía que agradecérselo de alguna manera. Por la mañana Esther se despertó, pero él ya no estaba. Sobre la mesita de noche había un fajo de billetes, 500 euros. Se quedó sorprendida, no pensaba que pudiera ser tan fácil.

Se cambió de nombre, de forma de vestir, se tiñó

el pelo. Ahora era Jennifer. Ofrecía sus servicio en el barrio, también a través de las redes sociales. Dinero fácil y rápido para costearse su dosis, para todo lo que quisiera. Pero su adicción fue en aumento. Llegó al punto en que para ella eso era lo más importante, más que la comida, más que la ropa, más que todo.

Un día le llamó un hombre que le ofrecía mucho dinero por media hora. Le pareció tan extraño tanta cantidad por tan poco tiempo, ni en una semana lo ganaba. Acudió a la cita en el hotel, todo iba según lo previsible. Se sorprendió cuando, de repente, le ofreció el doble por repetir, pero esta vez sin preservativo.

Esther sólo pensó en que iba a tener en sus manos mucho dinero y con eso podría hacer muchas cosas, no pensó en nada más. Después de la cita volvió a su casa. Al día siguiente el mismo hombre le volvió a llamar, y así todos los días. Empezaron a frecuentarse y a tener relaciones siempre sin tomar precauciones. Esther sólo pensaba en el dinero, en todo lo que podría consumir, con eso era la mujer más feliz del mundo.

Pasaron unos meses, era su cumpleaños y sus antiguos amigos de la escuela quisieron hacerle una fiesta. No se encontraba muy bien, llevaba unas semanas muy raras, había perdido mucho peso, le daban sudores continuamente, dolores de cabeza, le costaba respirar… en fin, acudió al encuentro con sus amigos, le venía bien salir un poco, necesitaba airearse y verse con alguien.

Fue todo muy bonito, pero cada vez se encontraba peor. Pensó que ya empezaba a perjudicarle todo lo que se metía, hasta que llegó al punto de encontrarse tan mal que decidió acudir al hospital