Esther se fijó como Paul sacaba de su bolsillo algo como un pequeño paquetito plateado que al abrirlo contenía como un polvo de color blanco. La invitó a probarlo: “Toma esto, te relajará mucho”. Esther no se lo pensó, confiaba en Paul. Se sintió tan bien que no pensó que pudiera ser nada malo.
Pasó un tiempo. Esther y Paul ya vivían juntos. La verdad es que no les iba todo lo bien que ella había soñado. Empezaron las discusiones frecuentes y las tensiones. Esther, vuelta a empezar, siempre estaba sola en casa, llorando; él se pasaba el día trapicheando y ella todo el tiempo a cuestas con su dosis. Hasta que un día, un amigo, vino a casa a decirle que a Paul le pillaron robando en una casa, había sido detenido y estaba enchironado. Esther se puso nerviosa, no sabía que iba a hacer sin él, de qué iba a vivir y cómo iba a conseguir dinero para su consumo. Si madre nunca estaba, su padre mucho menos y su tía no querían saber de ella desde que se enteró de la vida que llevaba.
Esther vivía en una casita humilde en un barrio por el que nadie en sus cabales daría un paseo. Su madre se pasaba el día trabajando penosamente para sacar la familia adelante. Su padre siempre estaba bebiendo, se iba y desaparecía durante días. Esther siempre estaba sola en casa. En la escuela le iba muy bien a pesar de las dificultades y no tener nadie quien realmente se ocupase de ella. Le gustaba mucho estudiar, se entretenía leyendo y escribiendo todo lo que leía, le encantaba escribir.
Su madre siempre que podía traía dinero a casa, pero su padre enseguida se lo bebía todo; apenas le veía durante días, nunca estaba con ella cuando le necesitaba, en realidad parecía que ni le importaba cómo estuviese. Prácticamente vivía sola. Por suerte su tía vivía a dos manzanas; siempre iba allí a comer y a veces se quedaba a dormir.
Aquel día gris y lluvioso, de camino a la escuela, distraída, chocó con un chico. Ni le dio tiempo a fijarse en él. Al chocar se le habían caído al suelo encharcado algunos papeles que llevaba sueltos en su carpeta y se empaparon, vaya, quedaron hechos un asco. Cuando por fin se dirigió al chico para recriminarle, y decirle algo seguramente no muy amable, se quedó boquiabierta. Le pareció el chico más guapo del mundo. El chico, amablemente, la ayudo a recoger los papeles y se disculpó. Empezaron a hablarse y a conocerse. Esther no salía de su asombro pensando lo iguales que eran y tantas cosas que tenían en común. Pronto congeniaron y empezaron a verse a menudo hasta que se hicieron novios.
Pasaron las semanas y todo era perfecto, un sueño. Un día, Paul, que así se llamaba el chico, la llevó a un sitio que quería enseñarle. Era una casa medio abandona a las afueras del barrio. Olía raro. Dentro había gente con bastante mal aspecto. Esther se sentía incómoda, no sabía de qué se trataba todo aquello. Paul le dijo que estaban en un “ghetto”. Esther no sabía de qué le estaba hablando y preguntó que qué era eso. Paul contestó que aquel era un sitio para relajarse.
A Esther no le había pasado inadvertido que la gente dentro de la casa estaba fumando cosas raras e inhalaba polvos y otras sustancias extrañas. Hasta donde ella había oído, llegó a la conclusión de que se estaban drogando.