Fuimos y dejamos mis maletas en la zona de los equipajes y después nos dirigimos a la zona donde estaba la azafata. Mis abuelos, que son muy sobreprotectores, le dijeron que me atendiera en todo lo que necesitara, incluso querían pagarle un dinero extra para que me atendiera muy bien. La azafata sonrió y les dijo que no era necesario, que eso era su deber, que yo estuviera bien y conforme.
Cuando terminaron de hablar, llegó la peor parte: la despedida. Mi abuelo no era mucho de llorar, pero mi abuela, que era muy melodramática, lloraba mucho, como si fuera la última vez que nos fuésemos a ver. La verdad es que me contagió sus lágrimas y lo pase muy mal en ese momento.
La azafata me acompañó al avión; pasamos por un túnel redondo; miraba a mi alrededor y me sorprendía no saber cómo ese túnel llegaba al avión.
Por fin entramos en el avión. Aunque casi ni me di cuenta. La verdad es que supe que habíamos entrado al ver las sillas azules y las ventanillas. Me sentía como protagonista de una película. Me sentía, no sé, especial, diferente.
La azafata me acompaño al asiento. Me dijo que cualquier cosa que necesitara que le preguntara y que me abrochara el cinturón. Cuando fui a abrochármelo, se sentó a mi lado un chico más o menos de mi edad, de piel morena y pelo rizado. Estaba llorando y no sabía cómo preguntarle qué le pasaba porque tenía vergüenza de que no me respondiera o que me dijese que qué me importaba. La azafata le preguntó qué le pasaba y él no le respondió, siguió insistiendo, pero él no respondió. Como vio que él no le iba a decir nada, ella le informó de que si tenía sed o necesitaba cualquier cosa que la llamara por el botón rojo. Él hizo un gesto como de que estaba de acuerdo. La azafata siguió atendiendo a los pasajeros.
Tal y como yo pensaba, el chico no quería hablar de nada. A los pocos minutos, sonó una voz por unos altavoces diciendo que nos abrocháramos los cinturones. Me lo abroché, pero el chico que estaba a mi lado, parecía como que estuviese en otro mundo, hasta que le toqué el hombro y me miró. Tenía unos ojos muy grandes, aguados, pero no le salían lágrimas. Tenía cara como de angustia, miedo. Me quedé contemplándole unos segundos. Cuando volví en mí, le dije que se abrochara el cinturón y me hizo caso. Eché un vistazo por la ventanilla, mirando como el avión empezaba a moverse.
En ese instante, estaba flipando. Sentí como si estuviésemos en una autopista, pero de aviones. Después anunciaron por el altavoz que íbamos a despegar ¡Bff! ¡qué miedo! Según se iba elevando el avión, sentía un terrible pitido en las orejas y, inconscientemente, agarré al chico de la mano. La tenía encima de la suya, apretándole. Me puse roja y se la quite ipso facto. Le pedí disculpas y él me miro y se rio. Me dijo que no pasaba nada ¡Buff! ¡qué vergüenza! no podía ni mirarle la cara y me puse a mirar la ventana ¡Qué bonito!: las nubes, el cielo, el mar, y las casas se veían tan pequeñitas que me sentía como Goliat.
Aunque tenía miedo al principio, el viaje me resultó de lo más fascinante. Nunca me lo hubiera imaginado así y la azafata estuvo siempre muy pendiente de mí, que estuviera a gusto y no me faltara de nada.
Al fin aterrizamos. Al bajar del avión, ya pude ver a mis padres a través de las cristaleras de la sala de espera ¡Buah! ¡Qué emoción sentí en ese momento! Corrí a abrazarme a ellos. Había pasado mucho tiempo desde que tuvieron que partir. Me sentí feliz. Creo que tomé una decisión acertada haciendo este viaje. Estaba junto a mis padres y podría continuar con mis estudios, y quién sabe, quizás el principio de una vida mejor para todos.
AUN VIVOS