Vivo en un pequeño pueblo con mis abuelos. Aquí la vida es muy difícil, por eso mis padres tuvieron que emigrar a otro país para poder mantenernos. Mi madre trabaja como asistenta, cuidando a una señora mayor y mi padre en cualquier trabajo que vaya saliendo. Lo malo es que trabajan mucho, pero ganan poco. Ellos se preocupan mucho de que yo estudie porque no quieren que pase por lo mismo que ellos. Les llamo todos los días, siempre me preguntan cómo voy con mis estudios y yo les respondo que bien, porque la verdad es que no se me dan mal estudiar y tengo mucha facilidad para aprender.
Hoy es uno de esos pocos días especiales para mí: “hoy me gradúo”. Los profesores han hablado con mis abuelos por teléfono y les han dicho que sería conveniente que me fuera con mis padres porque el nivel de aquí es más bajo y eso podría retrasar mi nivel de aprendizaje. La verdad es que no tengo seguro de si quiero ir o no porque aquí tengo a mis abuelos, a mis amigos, lo tengo casi
todo. Pero por otra parte si me gustaría ir
para poder estar con mis padres, y poder continuar con mis estudios.
Al fín llega el día, ¡buah... qué nervios! nunca he montado en un avión. Os preguntaréis cómo me he decidido, la verdad es que mis padres son muy convincentes y como comprenderéis yo no podría decirles que no, aunque también tengo ilusión por conocer otro país. Bueno, ya sólo me quedan unas cuantas horas ¡Buah... qué nervios! ¿y si se cae? ¿y si no llegamos bien? ¿y si nos chocamos…? ¡no, no, no! ¡tranquilízate! Esas fueron las palabras de mi abuelo. Pará tranquilizarme fuimos a la cafetería. Nos tomamos un chocolate con galletas. Estuvimos hablando de todo, nos reíamos mucho. Mi abuelo nos contaba a mi abuela y a mí una de sus historias ficticias, una de esas que sólo se le ocurrían a él. que se subía a las matas a coger frutas, algo que era tan peligroso y me podía romper la cabeza más fácilmente, y ésto que era más seguro y han viajado millones de personas, incluyendo a mis padres, tuviera miedo.