Rumor de límites. Memoria del desasosiego (hacia las Pinturas Negras) FINAL DE LAS PINTURAS NEGRAS-QUINTA DEL SORDO | Page 139

139 tanciamiento, tal vez miedo a ser reconocidos. Tras ellos dos mujeres que parecen pertenecer con sus tocas-mantillas a estamentos más burgueses. Es la consabida mezcla del pueblo y las clases acomodadas. Inmediatamente detrás en una caótica agrupación entre lomas y pequeños cerros, masas os- curecidas siguen avanzando. Nada que nos recuerde el bullicio alegre de un día de fiesta, sino un regreso frustrado, preñado de cansancio, como si una masa informe se arrastrara pesada hacia la cotidianidad. El paisaje carga- do de tristeza con lomas en lejanía, oteros vacios de vegetación, desolación en derredor aquí y acullá. En su aprovechamiento el paisaje se mimetiza con la escena, se reconvierte, se pone al servicio de una nueva visión. Es interesante comparar esta pintura con el sereno cuadro de La Pradera de San Isidro de 1788, es decir 32 años antes. En la Pradera, el pueblo está frente a un paisaje a orillas de Manzanares y el horizonte siluetea el Madrid de la Corte y la Iglesia, Palacio Real y San Francisco el Grande. Colores cálidos, luminosos, gentes merendando en un ambiente de gozoso solaz. En la pintura de la Quinta del Sordo todo ello ha desapare- cido, ahora no hay atisbos de referencia religiosa, por ello sorprende hasta el nombre que le dio Brugada. La tranquilidad y el reposo, la dulzura y calidez del color son sustituidos por gestos cansinos o arrebatados, el paisaje es irreconocible, nada que se asemeje a la pradera de la ermita del santo. No sabemos dónde están, dónde van, a dónde vienen. Incluso dudamos de que pueda ser una romería. Qué ha sucedido en el interior de Goya para esta mutación?...