Rumor de límites. Memoria del desasosiego (hacia las Pinturas Negras) FINAL DE LAS PINTURAS NEGRAS-QUINTA DEL SORDO | Page 136
136
La aparente claridad de la Fiesta, como expansión liberadora de
la dura cotidianidad, queda expresada en su negatividad; es decir, muestra
que hasta en la fiesta el pueblo sigue esclavizándose más. Es el anonimato
avanzando en concomitancia de un absurdo que diluye carencias. Una ma-
nera de quemar tiempo, de huir circunstancias adversas, de “liberarse” con
evasiones esclavizadoras. Un idiotizar horizontes aprovechando el momen-
to. Quemar y huir del tiempo. El tiempo ese gran recurrente que socava la
vida y está omnipresente en la mayoría de estas pinturas “negras”.
El guitarrista tuerce el gesto, parece otro ciego cantando coplas de
cordel, sucesos agrios del acontecer diario, vate agónico y doloroso, su canto
nos agria la mirada porque sabemos que cuanto canta no nos amiela el oído,
sino que nos destruye goce, nos socava seguridades. Nos abronca armonías
como taladros hoscos. Qué más antagónico en su gesto que un cantar gozo-
so que parece ser acompañado por la pequeña figura de la parte inferior
-no sabemos si un enano o un niño, en cualquier caso una más acendrada
pústula crítica-. A la izquierda un tercer personaje parece aturdido, como
si asistiera a un acontecimiento que lo descompone; aprieta sus manos en
gesto oratorio y abre la boca y los ojos a la sorpresa. Qué nos manifiesta:
congoja, sorpresa, asombro, miedo, todo a la vez? La suma es un mosaico de
rostros deformados, pero de tal verismo que no nos imaginamos que pueda
expresarse anatomía, gesto y sentimiento con tan escasos trazos. ¡Tanto con
tan poco! Qué economía tan vigorosa, para tanta intensidad de escalpelo.
Seguimos. Tras estos tres primeros personajes destacan claramente
dos rostros. Una mirada profunda, penetrante, casi hiriente, la sequedad de