Una de las tareas del maestro es propiciar un ambiente de cooperación y colectividad en
el aula. El aula es un espacio para formar el carácter a través de la disciplina ya que el alumno
construye un juicio sobre sus derechos y responsabilidades para funcionar en el ámbito social del
cual forma parte (García, M. 2007). Es necesario distinguir los límites entre promover la
disciplina en el aula y el ejercicio de la violencia.
Es comprensible la autoridad que ejerce el maestro en el aula debido a su edad, estatus,
experiencia, conocimientos y representatividad institucional, sin embargo, el ejercicio abusivo de
esa autoridad es lo que produce conflicto y desigualdad en la relación.
Los tipos de violencia que puede ejercer el maestro van desde el ignorar las necesidades
del alumno, subestimar su capacidad, asignar tareas excesivas o muy complejas para la
capacidad cognitiva del alumno, descalificar sus opiniones en público, la comparación con otros
compañeros, el uso de la calificación como instrumento de control y poder, castigos, amenazas e
intimidación, el trato desigual y humillante, el uso de sobrenombres y el acoso sexual.
Las consecuencias de esa violencia puede derivar en el ausentismo o deserción del
alumno, al bajo desempeño escolar, desmotivación, baja autoestima, también puede fomentar el
abuso entre iguales (bullying) y puede generar violencia reactiva de la víctima.
Carlos Cabezas (2008) afirma que por lo general la agresión del maestro hacia el alumno
suele quedar impune, y los testigos no intervienen por miedo a recibir el mismo trato. Dicho
autor explica las características del maestro agresor: convencimiento de que debe ejercer la
autoridad de manera rigurosa, transferir sus frustraciones y problemas personales hacia sus
alumnos, sentimientos de inferioridad e incapacidad, necesidad de desviar la atención de sus
limitaciones hacia otros, miedo a perder el control de la clase, miedo a hacer el ridículo ante
alumnos inteligentes.
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