La postura innatista considera que la agresión es parte de la adaptación para la
supervivencia de la especie aunque está en contradicción con la organización social (Urdanibia,
J. 1979). Los psicólogos evolutivos David Buss y Todd Shackelford (1997) afirman que la
agresión está profundamente enraizada para la defensa del territorio, la rivalidad sexual y la
adquisición de recursos y la defensa de la prole, también consideran que hay mecanismos
inhibidores de la agresión como los deportes o las prácticas religiosas.
El psicoanalista Wilhelm Reich (1969) se opone a la idea de la agresión como impulso
innato, al afirmar que esta es producto de la cultura. La agresión entre los animales sólo se
presenta como un medio para obtener la satisfacción de necesidades vitales, por lo tanto, está al
servicio de la pulsión de vida. El hombre muchas veces agrede por otras causas distintas a la
supervivencia, causas socialmente aprendidas. Rolf Denker (1973) señala que “este tipo de
destructividad no existe en el reino animal. Constituye una adquisición tardía del hombre bajo
condiciones sociales frustrantes.”
Albert Bandura propuso una teoría del aprendizaje social de la agresión según la cual los
seres humanos aprenden la conducta agresiva por imitación de modelos observados en la familia,
la subcultura y los medios de comunicación (Domènech, Íñiguez A., Íñiguez L., 2002).
Los impulsos agresivos pueden satisfacerse en la realización de alguna actividad de
tensión-relajamiento en la que se canalicen.
El sistema social proporciona alternativas para desahogar los sentimientos hostiles y para
desviarlos del objeto fuente y ofrece objetos sustitutos, como podría ser un personaje al que se le
imputan los males de la sociedad, o los delincuentes, los homosexuales o narcotraficantes.
También ofrece válvulas de seguridad como el negocio del fútbol y los “reality shows”. En el
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