expresa Freire (1965): que “muy pocas veces se concibe la educación como
praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo” (pág.
20); de allí que, se considere que los nuevos modelos pedagógicos deben
tener presente que para aprender es necesario tomar en cuenta el contexto
social en el que se desenvuelve el estudiante, tomando en cuenta que la
interacción social del individuo con su entorno establece los pilares
fundamentales para que el mismo construya y trasforme su aprendizaje.
De esta manera, la TADES concede especial relevancia al papel que
juega el desarrollo social del individuo desde su visión holística, es decir, que
toma en cuenta factores morales, éticos, familiares, religiosos, culturales, entre
otros, que han sido instaurado en su ser desde el nacimiento y que caracteriza
su forma de ver y concebir el mundo y por ende su aprendizaje, tal como lo
reseñan Castellanos y Castro (2017b), cuando expresan que: “se adquiere el
conocimiento, ideas, actitudes y valores a través de la relaciones
interpersonales que se sostiene con la familia y otros miembros para su vida”
(pág. 78).
De
esta
forma,
este
modelo
trae
consigo
una
perspectiva
psicopedagógica y compleja, en la cual se induce al sujeto a transformar su
aprendizaje desde los esquemas sociales preconcebidos y que son de vital
importancia para él, promoviendo una praxis pedagógica centrada en la
realidad del individuo.
En correspondencia con lo expuesto anteriormente y en concordancia
con Abate (2006e): el modelo TADES, dentro del contexto pedagógico,
enfatiza que es el estudiante quien “debe seleccionar la información relevante,
comparar las ideas centrales con los conocimientos previos, organizar e
integrar estos nuevos conocimientos y también supervisar la comprensión de
la información” (pág. 15); construyendo su nuevo aprendizaje de acuerdo a
sus intencionalidades personales y generando nuevos esquemas de
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Arbitrado
Sin embargo, la actualidad del proceso educativo asevera, tal y como lo