este aspecto, la dominación de los cuerpos se vuelve innecesaria. Para Han
(2014j): el problema de la biopolítica, radica en que “no permite ninguna
intervención sutil en la dimensión psíquica de los hombres. En cambio, el
psicopoder está en condiciones de intervenir en los procesos psicológicos”
(pág. 106).
Pero, ¿por qué la gubernamentalidad de este psicopoder sigue
necesitando armas de agresión física y sofisticados materiales bélicos contra
los cuerpos para seguir manteniendo el orden global? ¿No se percata Han de
que en el mundo de hoy aún existen muchas poblaciones que viven al margen
de las redes digitales, sin medios para conectarse a Internet y a expensas del
raudal informativo de las sociedades occidentales? Estas preguntas
evidencian la parcialidad del sujeto que describe Han. No habla de un sujeto
universal –ni es esta una de sus pretensiones– pero sí habla de un sujeto en
abstracto –quizá porque siempre que se habla de un “sujeto” se recurre a
abstracciones inevitables–. Podría decirse que el conjunto de sujetos que
tienen acceso a las redes de información y comunicación crean un sistema de
aislamiento con respecto a los que viven a expensas o privados de esta
accesibilidad. El análisis de Han solo se centra en los que tienen acceso. Ellos,
de manera voluntaria, se someten al psicopoder, cuyo alcance sigue siendo
limitado.
El poder se combina con sistemas de dominación físicos y psíquicos,
los físicos no están menos avanzados, perfeccionados y refinados
tecnológicamente. La autoinclusión en el espacio digital es a la vez una
autoexclusión con respecto a lo que está fuera de ese espacio. El psicopoder
domina a los que están dentro del espacio digital, gobierna sobre estos en la
medida en que voluntariamente aceptan ser transparentados, pues
gustosamente se exponen al control. Articulan contra sí mismos mecanismos
de agresión psicopolítica. Sin embargo, los que están afuera de esa positividad
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Arbitrado
al biopoder. La vigilancia digital puede llegar a controlar los pensamientos, en