ontológico del poder es un monismo subjetivo porque ni siquiera expone las
diferencias entre lo corpóreo y la subjetividad.
El cuarto elemento estructural del poder es la política, que
coherentemente aparece una vez se ha tomado una posición ontológica sobre
el poder –o metafísica, si se prefiere–. Y el quinto es la ética. Han interpone la
política a la ética; pero no justifica por qué lo hace. El autor considera prioritario
dar a conocer la “Política del poder” para después ceñirse a la cuestión de la
“´Ética del poder”. Pero lo que verdaderamente le preocupa es justificar el
vínculo estrecho y casi inefable entre el poder y la libertad, un asunto que
culmina en la Ética y que se posterga en pro de asumir un absurdo como es la
“Política del poder”. Esto es un absurdo porque desdobla el concepto de poder,
ya que supone que lo político puede ser un concepto regulador de su propia
coyuntura. Toda política en sí es actividad, gestión, intensificación, reducción,
correlación, lucha, desafección, desintegración o concentración del poder, y,
en consecuencia, el objeto de la política se origina en las mismas relaciones
de poder. Por tanto, una “política del poder” no sería más que el poder del
poder.
Y luego de este desdoblamiento petulante e insólito Han culmina con la
Ética del poder, donde prepara un giro final que generará aún mayor
perplejidad:
Resulta que Han (2016g): encuentra una ética del poder frustrada en el
pensamiento de Nietzsche. La encuentra en la “sobreexcedencia” del poder
de la nobleza, que termina volviéndose hospitalidad por su carácter amable.
Precisamente la sobreexcedencia hace lindar al poder con su distinto. De
modo que el poder se deja perder a sí mismo antes de toda preocupación por
el otro, su nobleza, su autoindulgencia, distinta del poder violento de la
dominación, deja la filosofía nietzscheana de la voluntad de poder
248
Arbitrado
también a la libertad, la cual se demuestra idéntica al poder. El monismo