cuerpos, sino que toma la figura de lo habitual. La consigna de Han (2016e),
es clara:
El poder alcanza una estabilidad elevada cuando se presenta
como <> impersonal, cuando se inscribe en la
<>. No es la coerción, sino el automatismo de la
costumbre lo que eleva su eficiencia. Un poder absoluto sería
uno que nunca se manifestara, que nunca se señalara a sí
mismo, sino que, más bien, se fundiera del todo en la obviedad.
El poder brilla por su ausencia (pág. 78).
El tercer elemento estructural del poder en el ordenamiento de Han es
la metafísica. Aquí el autor irrumpe en su propio discurso, pues retoma aquella
ontología del poder aplazada. De forma camuflada el pensador coreano ya
había dado una pauta ontológica sobre el poder: su realidad se produce en
medio de las relaciones humanas, mas, por ello, se refuerza a través de la
riqueza de intermediaciones que le otorgan continuidad. El poder es
intermediación continuada, pero no un juego. Cuando “el otro” admite
libremente actuar según la voluntad de un “yo”, el poder se continúa a sí mismo
en el orden de la voluntad y no de la mera coacción. La pobreza del poder se
expresa cuando “el otro” actúa contra su voluntad, forzado por la decisión
unilateral de un yo que le impele movimiento como si de una cosa pasiva se
tratara.
El autor pone especial interés en interpretar algunas nociones de Hegel
en vinculación con su propia concepción del poder. Ve en el pensamiento del
célebre filósofo alemán una identificación clara entre el poder y la libertad; todo
comienza con la subjetividad, que, mientras busca encerrarse en sí misma,
crea un espacio ipso-céntrico del poder, es decir, un espacio diferenciado de
toda exterioridad. Pero como el poder en su máxima pureza ha de ser distinto
de la violencia, esta última carece de concepto, ya que el concepto se
encuentra en confrontación con la realidad, aunque sin ponerla bajo coacción.
246
Arbitrado
los símbolos que precipita el lenguaje. El poder no se inscribiría sobre los