encuentros, que el docente concienzudo y habilidoso, busca en su repertorio
cognitivo, la metáfora pedagógica más idónea, para narrarla efusivamente a
sus estudiantes y connotar valores específicos según las circunstancias. Se
trata de momentos sublimes, cargados de contenidos valorativos, por ser del
acto pedagógico, que durante un espacio-tiempo concreto, de reflexión moral
y vivencias in situ, se pueden expresar libremente.
Consustanciado con las proposiciones expuestas, se infiere que
tenemos valoraciones dispuestas a dialogar, es decir un querer mental, del
cual nos sentimos agradados y por el cual estamos ansiosos a disfrutarlo; y
que, de alguna forma verbal, procuramos argumentarlo y comunicarlo mientras
compartimos, se trata pues, de evocar durante el encuentro pedagógico, los
vínculos analógicos familia-sociedad-escuela. Pero con el ingrediente de
recurrir amorosamente al lenguaje figurado e imaginario, para reforzar
nuestras matizadas proposiciones, durante el acto verdaderamente humano y
empático con los alumnos.
Ciertamente, la mayor virtud de un profesor es el ser amoroso con sus
alumnos al respecto, un aforismo elocuente de la ontología pedagógica, nada
es más notable que ver a un profesor, entregado a educar mientras considera
que nadie lo observa. En concordancia con esta sentencia moral, el respeto a
la dignidad del alumno es un manifiesto pedagógico, subyacente en la
formación familiar (Hernández: 90), es desde la enseñanza institucional
benevolente, que podemos convertir nuestra labor en un verdadero gozo
espiritual, a través del pensamiento, el lenguaje y la comunicación.
El relato metafórico en la interacción diaria escolar, actúa como
herramienta cognitiva del proceso enseñanza-aprendizaje y, el sentido
figurado permite promover la responsabilidad, el respeto, la solidaridad, que
antes teníamos enturbiado, oscuro o velado. Asimismo, actúa como elemento
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Arbitrado
Es precisamente, durante los momentos en que ocurren estos