Y todo vuelve para ahogarnos, para convencernos de que
no es posible asomar la cabeza a la superficie, para devolvernos
a la humedad de las alcantarillas, donde resistimos. La vida es un
boomerang, dice en una pared. Llueve. Los coches se detienen
en medio de la avenida. Coca-cola, el sabor de la felicidad.
Camino en círculos, miro hacia a la oscuridad. Camino dando
lentos pasos, como si algo me impidiera seguir. Sobre el cristal
alguien ha dibujado un corazón. Estoy nervioso. Acabo de llegar
hace unos meses del interior. Deletreo este nombre que he
tomado prestado. Se parece a un susurro. No me atreveré a
pronunciarlo delante suyo, señor albañil. Me quedaré callado
mientras usted me toma de las caderas y, y usted, sabe, señor
albañil. Pero deje que le cuente mi historia, ahora que la lluvia
amainó y las gotas caen lentas sobre el vidrio, se parecen a
lágrimas, se parecen a eyaculaciones cansadas. Vine hace unos
meses de un pueblo del interior. Me echaron de casa, esa vez
que me enfiesté con los chicos de la obra y empezaron a
echarme vino en el pecho y el más viejo me llenó la cola de
besos y su hijo me cubría de caricias. Eso fue para el verano. Me
vine huyendo de Papá. Arranché con unas chicas que estudiaban
psicología, hasta que la olla se empezó a poner floja y aquí estoy,
sin estar del todo, aquí con su cuerpo, dándole lo poco que me
queda de amor. Y por favor, agárreme muy fuerte de la cintura y
no se detenga, que quiero llenar mi cuerpo de su resentimiento,
quiero preñarme de todo su odio, señor albañil, y que cuando
llegue a su casa, mientras abraza a su mujer, se acuerde de mí,
que vine desde un pueblo huyendo, hasta dar en esta esquina
mugrienta a donde usted viene a mirarme como si se tratara de
una ave exótica, y me toca estos pechos hermosos que me acabo
de hacer, y me dice que le encantan, que quiere metérselos
todos en su boca hambrienta.
Y ahora que me está asfixiando, que ha tomado mi cabeza
con sus dos manos, y me penetra por la boca, y me dice que
soy un miserable, señor albañil, no me niegue que le estoy
gustando demasiado. Y que algún domingo me va a llevar a
pasear en su ciclomotor, apenas pueda librarse de su esposa,
me va a llevar a su casa, a comer con sus hijos. Y me va a decir
que todos los poetas son putos, señor albañil, no se detenga,
no se detenga, que voy a estallar, voy a reventar con usted
adentro, señor albañil. Y cuando quiera ver vamos a ser un
montón de pedacitos brillantes, fragmentos de dos cuerpos
que al esparcirse no han de olvidar todo el amor que los
acosó. Vamos a ser estrellitas, señor albañil, vamos a
parpadear en cien mil brillitos y juntos vamos a alumbrar a los
que se emborrachan y no saben cómo llegar a casa. Soy como
una luna que se ha enamorado de un linyera, sabe, señor
albañil.