Revista Perniciosa Mar. 2015 | Seite 24

Y todo vuelve para ahogarnos, para convencernos de que no es posible asomar la cabeza a la superficie, para devolvernos a la humedad de las alcantarillas, donde resistimos. La vida es un boomerang, dice en una pared. Llueve. Los coches se detienen en medio de la avenida. Coca-cola, el sabor de la felicidad. Camino en círculos, miro hacia a la oscuridad. Camino dando lentos pasos, como si algo me impidiera seguir. Sobre el cristal alguien ha dibujado un corazón. Estoy nervioso. Acabo de llegar hace unos meses del interior. Deletreo este nombre que he tomado prestado. Se parece a un susurro. No me atreveré a pronunciarlo delante suyo, señor albañil. Me quedaré callado mientras usted me toma de las caderas y, y usted, sabe, señor albañil. Pero deje que le cuente mi historia, ahora que la lluvia amainó y las gotas caen lentas sobre el vidrio, se parecen a lágrimas, se parecen a eyaculaciones cansadas. Vine hace unos meses de un pueblo del interior. Me echaron de casa, esa vez que me enfiesté con los chicos de la obra y empezaron a echarme vino en el pecho y el más viejo me llenó la cola de besos y su hijo me cubría de caricias. Eso fue para el verano. Me vine huyendo de Papá. Arranché con unas chicas que estudiaban psicología, hasta que la olla se empezó a poner floja y aquí estoy, sin estar del todo, aquí con su cuerpo, dándole lo poco que me queda de amor. Y por favor, agárreme muy fuerte de la cintura y no se detenga, que quiero llenar mi cuerpo de su resentimiento, quiero preñarme de todo su odio, señor albañil, y que cuando llegue a su casa, mientras abraza a su mujer, se acuerde de mí, que vine desde un pueblo huyendo, hasta dar en esta esquina mugrienta a donde usted viene a mirarme como si se tratara de una ave exótica, y me toca estos pechos hermosos que me acabo de hacer, y me dice que le encantan, que quiere metérselos todos en su boca hambrienta. Y ahora que me está asfixiando, que ha tomado mi cabeza con sus dos manos, y me penetra por la boca, y me dice que soy un miserable, señor albañil, no me niegue que le estoy gustando demasiado. Y que algún domingo me va a llevar a pasear en su ciclomotor, apenas pueda librarse de su esposa, me va a llevar a su casa, a comer con sus hijos. Y me va a decir que todos los poetas son putos, señor albañil, no se detenga, no se detenga, que voy a estallar, voy a reventar con usted adentro, señor albañil. Y cuando quiera ver vamos a ser un montón de pedacitos brillantes, fragmentos de dos cuerpos que al esparcirse no han de olvidar todo el amor que los acosó. Vamos a ser estrellitas, señor albañil, vamos a parpadear en cien mil brillitos y juntos vamos a alumbrar a los que se emborrachan y no saben cómo llegar a casa. Soy como una luna que se ha enamorado de un linyera, sabe, señor albañil.