Con el rosarino cursábamos el último año de producción de
radio y televisión cuando reapareciste, preguntaste por el flaco
y te prendiste un porro en plena Universidad Nacional. Los años
te habían tornado más desinteresada, ya no hablabas de
literatura, ahora te flipaba la ópera. Te llenabas la boca con
Giuseppe Verdi y Arnold Schoenberg, como si fueran tus
primos. La tarde terminó en tu casa, yo quería desquitarme por
el flaco, ensayaba la violencia de un sexo anal sin permiso en mi
cabeza, como una lastimadura a la musicalidad neuronal.
En el sillón encontré un ejemplar de Rayuela, y me puse a
hojearlo con asco. La Maga no entendía nada, vos no entendías
nada. Cuando entró Carlos Farías no lo pude creer. Él era
profesor de comprensión de textos en primer año. Era un
pseudointelectual con demasiadas películas francesas encima.
Vos le abriste y le sonreíste, le festejaste las anécdotas de su
último viaje a México, como si fuera un marino que regresa del
Triángulo de las Bermudas. Hablaron de LeFanú y Santiago
Caruso, el profesor puso voz gruesa y dijo: “Yo creo que te
comprendo, vos buscás algo que no sabés lo que es. Yo también
y tampoco sé lo que es. Pero son dos cosas diferentes… sí, vos
sos más bien un Mondrian y yo un Vieira da Silva.”, bastó una
mala representación de Rayuela para que vos te lanzaras a su
cuello y lo besaras. Yo seguí con mi vaso de cerveza mi