Revista Perniciosa Mar. 2015 | Page 23

Con el rosarino cursábamos el último año de producción de radio y televisión cuando reapareciste, preguntaste por el flaco y te prendiste un porro en plena Universidad Nacional. Los años te habían tornado más desinteresada, ya no hablabas de literatura, ahora te flipaba la ópera. Te llenabas la boca con Giuseppe Verdi y Arnold Schoenberg, como si fueran tus primos. La tarde terminó en tu casa, yo quería desquitarme por el flaco, ensayaba la violencia de un sexo anal sin permiso en mi cabeza, como una lastimadura a la musicalidad neuronal. En el sillón encontré un ejemplar de Rayuela, y me puse a hojearlo con asco. La Maga no entendía nada, vos no entendías nada. Cuando entró Carlos Farías no lo pude creer. Él era profesor de comprensión de textos en primer año. Era un pseudointelectual con demasiadas películas francesas encima. Vos le abriste y le sonreíste, le festejaste las anécdotas de su último viaje a México, como si fuera un marino que regresa del Triángulo de las Bermudas. Hablaron de LeFanú y Santiago Caruso, el profesor puso voz gruesa y dijo: “Yo creo que te comprendo, vos buscás algo que no sabés lo que es. Yo también y tampoco sé lo que es. Pero son dos cosas diferentes… sí, vos sos más bien un Mondrian y yo un Vieira da Silva.”, bastó una mala representación de Rayuela para que vos te lanzaras a su cuello y lo besaras. Yo seguí con mi vaso de cerveza mi