Anoche, mientras leía un poema “Me come la mente saber
que te vas a ir a vivir a San Luis”, me acordaba de vos y de
los años de la facultad. Por aquel entonces el equipo era el
rosarino, el flaco, Marina, el fisura y yo. Andábamos diez
puntos, caminando por la facu sin que nos importara nada,
los perros románticos nos llamábamos a nosotros mismos.
Leíamos Aira, escuchábamos Bo Diddley y tomábamos café
al coñac. Después apareciste vos y todo se fue a la mierda.
Nosotros éramos unos faroleros en un planeta minúsculo,
vos nos quisiste hacer creer que venías amarrando pájaros.
Que la gran ciudad es el mostrador divino, lo sabemos
todos, lo que no sabíamos era que la burocracia para verle
la cara a dios sea tan kafkiana. Primero te levantaste al
flaco, en medio de la clase le hablabas al oído, y yo
imaginaba esos labios sobre mi pecho flaco y lleno de
quemaduras de cigarrillos caídos a la madrugada. El flaco
dejó de dar bola y se juntaba con tu grupo de amigas con el
que formaste “El club de la serpiente”, en honor a Cortázar,
donde se juntaban a leer “literatura feminista”. Una vez me
dijo: “La invención del alma por el hombre se insinúa cada
vez que surge el sentimiento del cuerpo como parásito,
como gusano adherido al yo”. Juramos, una noche de
borrachera y drogas, nunca ser previsibles, y el flaco se
había convertido en eso, en una excusa que se adivina a
cien metros, de esos que en la primera página se adivina el
final.
Después de succionarlo lo tiraste, dejó la facu, se puso un
traje y empezó a vender perfumes en la plaza
independencia, no sin antes contarle un chamuyo sobre el
amor y sus libertades. Marina se cansó de todo, y después
de patear el tablero, cuando la torre todavía rodaba por el
suelo, se pegó el tren a un pueblo perdido de Córdoba.