Revista Perniciosa Mar. 2015 | Seite 22

Anoche, mientras leía un poema “Me come la mente saber que te vas a ir a vivir a San Luis”, me acordaba de vos y de los años de la facultad. Por aquel entonces el equipo era el rosarino, el flaco, Marina, el fisura y yo. Andábamos diez puntos, caminando por la facu sin que nos importara nada, los perros románticos nos llamábamos a nosotros mismos. Leíamos Aira, escuchábamos Bo Diddley y tomábamos café al coñac. Después apareciste vos y todo se fue a la mierda. Nosotros éramos unos faroleros en un planeta minúsculo, vos nos quisiste hacer creer que venías amarrando pájaros. Que la gran ciudad es el mostrador divino, lo sabemos todos, lo que no sabíamos era que la burocracia para verle la cara a dios sea tan kafkiana. Primero te levantaste al flaco, en medio de la clase le hablabas al oído, y yo imaginaba esos labios sobre mi pecho flaco y lleno de quemaduras de cigarrillos caídos a la madrugada. El flaco dejó de dar bola y se juntaba con tu grupo de amigas con el que formaste “El club de la serpiente”, en honor a Cortázar, donde se juntaban a leer “literatura feminista”. Una vez me dijo: “La invención del alma por el hombre se insinúa cada vez que surge el sentimiento del cuerpo como parásito, como gusano adherido al yo”. Juramos, una noche de borrachera y drogas, nunca ser previsibles, y el flaco se había convertido en eso, en una excusa que se adivina a cien metros, de esos que en la primera página se adivina el final. Después de succionarlo lo tiraste, dejó la facu, se puso un traje y empezó a vender perfumes en la plaza independencia, no sin antes contarle un chamuyo sobre el amor y sus libertades. Marina se cansó de todo, y después de patear el tablero, cuando la torre todavía rodaba por el suelo, se pegó el tren a un pueblo perdido de Córdoba.