Revista Perniciosa Mar. 2015 | Seite 10

El Aparcero no podía dormir. Se revolvió en el catre, se puso bocabajo, y ocultando su rostro quemado por el ácido en la almohada, se restregó contra las sábanas calientes. Pero cuando la fricción lo acaloró se detuvo y observó con tristeza el campo recién arado que se abría ante sus ojos por la ventana abierta. Se levantó de la cama, bebió de un sorbo el vaso de vino tibio que había sobre la mesita de luz, y salió semidesnudo al patio. Había luna llena, y se podía distinguir con claridad el follaje espeso de los árboles que cercaban la finca. Pensó en la ardua jornada que lo esperaba al día siguiente, e incitado por una fuerza que lo desbordaba se echó a bajar por los alrededores. Vio que en una de las quintas había luz. Era un chalet rodeado por una cerca de zarzamoras. Le intrigó que hubiese alguien despierto a esa altura de la noche. Su reloj estaba por dar las tres. Las persianas de la casa semiabiertas permitían mirar en el interior de las habitaciones. Y sus ojos dieron con una visión asombrosa: una cama muy ancha donde yacía una mujer regordeta desnuda, a quien el Aparcero sólo veía de espaldas, ondulándose y obteniendo tal placer en lo que hacía que su gran culo palpitaba y sus piernas se tensaban como si estuviera a punto de lanzarse a un abismo ígneo. El Aparcero estaba tan excitado que se apartó de la ventana. De haber seguido más tiempo hubiera tenido que arrojarse al suelo y satisfacer su ardor como sea, y eso, al menos por ahora no quería hacer. Se alejó caminando a tientas por un sendero muy estrecho, que desembocaba en un potrero donde pastaban unos caballos famélicos. Mientras caminaba lo asaltó la sensación de que en todas las casas de la zona estaba suced iendo