El Aparcero no podía dormir. Se revolvió en el catre, se puso
bocabajo, y ocultando su rostro quemado por el ácido en la
almohada, se restregó contra las sábanas calientes. Pero
cuando la fricción lo acaloró se detuvo y observó con tristeza el
campo recién arado que se abría ante sus ojos por la ventana
abierta.
Se levantó de la cama, bebió de un sorbo el vaso de vino tibio
que había sobre la mesita de luz, y salió semidesnudo al patio.
Había luna llena, y se podía distinguir con claridad el follaje
espeso de los árboles que cercaban la finca. Pensó en la ardua
jornada que lo esperaba al día siguiente, e incitado por una
fuerza que lo desbordaba se echó a bajar por los alrededores.
Vio que en una de las quintas había luz. Era un chalet rodeado
por una cerca de zarzamoras. Le intrigó que hubiese alguien
despierto a esa altura de la noche. Su reloj estaba por dar las
tres.
Las persianas de la casa semiabiertas permitían mirar en el
interior de las habitaciones. Y sus ojos dieron con una visión
asombrosa: una cama muy ancha donde yacía una mujer
regordeta desnuda, a quien el Aparcero sólo veía de espaldas,
ondulándose y obteniendo tal placer en lo que hacía que su
gran culo palpitaba y sus piernas se tensaban como si
estuviera a punto de lanzarse a un abismo ígneo.
El Aparcero estaba tan excitado que se apartó de la ventana.
De haber seguido más tiempo hubiera tenido que arrojarse al
suelo y satisfacer su ardor como sea, y eso, al menos por
ahora no quería hacer.
Se alejó caminando a tientas por un sendero muy estrecho,
que desembocaba en un potrero donde pastaban unos
caballos famélicos. Mientras caminaba lo asaltó la sensación
de que en todas las casas de la zona estaba suced iendo