algo que a él le hubiera gustado compartir. Pensó en unos
hombrecitos naranjas que sobre el mostrador del almacén
del pueblo yacían exhibiendo sus diminutos miembros de
goma, en un hombre con el torso como el tronco de un
árbol, en su piel que sabía como el hierro, en lo salvaje que
le pareció su presencia cuando lo vio sumergirse desnudo
al riacho que atravesaba manso el pueblo.
Cuando la madrugada empezaba a despuntar llegó a un
caserío enclavado a orillas de un arroyo de aguas
nauseabundas. Unos perros flacos y harapientos, salieron
a su paso, ladrando desesperados. Con una madera que
arrancó de una tarima que servía de cerca, los espantó.
Por una huella angosta repleta de lavarropas viejos y
neumáticos de camión se abrió paso hasta que dio con una
casilla de chapa, pintada de azul y amarillo. Abrió la puerta
con violencia, encendió la luz y sus ojos se fijaron en un
muchacho que pese al ruido continuaba durmiendo. El
Aparcero con un golpe en el rostro lo despertó. El joven
tras unos instantes de confusión pareció reconocerlo y sus
ojos profundamente se clavaron en ese cuerpo maduro,
sudoroso, agrietado por el trabajo bajo el sol, que por
única prenda tenía un pantalón corto gris con manchas de
cloro.
El Aparcero sin decir una palabra se bajo el pantalón y le
acercó la verga al muchacho. Este se aproximó, movió los
dedos y tomó con la boca el pene alicaído. Lo lamió
suavemente, con infinita ternura dibujando con su lengua
una ola viscosa en la punta amoratada. El Aparcero bajó
los ojos para ver como la boca ancha y roja se redondeaba
alrededor de ese pene que empezaba a endurecerse.
Afuera una motosierra gruñía rabiosa. Por la radio sonaba
una cumbia romántica que hablaba de pasar una noche en
una cabaña y siguiendo su ritmo, el muchacho chupaba
con avidez, emitiendo un sonido que en parte era de goce
y en parte puro sufrimiento.
Cuando la excitación lo desbordaba, el Aparcero le ordenó
que se pusiera de espaldas aferrándose a los barrotes de la
cama. El joven sumiso obedeció y el hombre empezó a
arremeter contra él, cubierto de transpiración, sin dejar de
preguntarle si le gustaba. Te gusta, putito, te la voy a
meter a toda, ya vas a ver cómo te va a quedar la colita, le
decía, mientras lo mantenía agarrado de la cintura con las
piernas bien separadas, entrando y saliendo, entrando y
saliendo, dando gritos, alaridos bestiales, hasta que acabó
violentamente
contrayendo los músculos de su cuerpo. Sacudió el pene
dentro del muchacho y con prolijidad lo retiró. Buscó una
toalla, limpió los restos de semen y se sentó en la cama con
las piernas abiertas. A un costado el muchacho yacía ovillado,
desnudo soltando unos llantos leves y entrecortados.
El Aparcero se puso el pantalón, bebió un sorbo de agua, le
acarició el pelo al muchacho, luego le tomó el rostro
humedecido por el llanto y lo besó en los ojos. Le susurró algo
inaudible al oído y salió. Pensó en el último aleteo de un
canario entre los barrotes de una jaula. La mañana ya
empezaba a abrirse paso en remolinos de luz, y con el
miembro aún tieso, el Aparcero enfiló para la finca. Un largo
día de trabajo lo esperaba.
Raphael Pedernera. Nació en Villa Mercedes en 1991.
Actualmente trabaja en un taller mecánico. Es profesor de
Danzas folklóricas y participó en el carnaval de Potrero de
los Funes.