Revista Perniciosa Mar. 2015 | Page 11

algo que a él le hubiera gustado compartir. Pensó en unos hombrecitos naranjas que sobre el mostrador del almacén del pueblo yacían exhibiendo sus diminutos miembros de goma, en un hombre con el torso como el tronco de un árbol, en su piel que sabía como el hierro, en lo salvaje que le pareció su presencia cuando lo vio sumergirse desnudo al riacho que atravesaba manso el pueblo. Cuando la madrugada empezaba a despuntar llegó a un caserío enclavado a orillas de un arroyo de aguas nauseabundas. Unos perros flacos y harapientos, salieron a su paso, ladrando desesperados. Con una madera que arrancó de una tarima que servía de cerca, los espantó. Por una huella angosta repleta de lavarropas viejos y neumáticos de camión se abrió paso hasta que dio con una casilla de chapa, pintada de azul y amarillo. Abrió la puerta con violencia, encendió la luz y sus ojos se fijaron en un muchacho que pese al ruido continuaba durmiendo. El Aparcero con un golpe en el rostro lo despertó. El joven tras unos instantes de confusión pareció reconocerlo y sus ojos profundamente se clavaron en ese cuerpo maduro, sudoroso, agrietado por el trabajo bajo el sol, que por única prenda tenía un pantalón corto gris con manchas de cloro. El Aparcero sin decir una palabra se bajo el pantalón y le acercó la verga al muchacho. Este se aproximó, movió los dedos y tomó con la boca el pene alicaído. Lo lamió suavemente, con infinita ternura dibujando con su lengua una ola viscosa en la punta amoratada. El Aparcero bajó los ojos para ver como la boca ancha y roja se redondeaba alrededor de ese pene que empezaba a endurecerse. Afuera una motosierra gruñía rabiosa. Por la radio sonaba una cumbia romántica que hablaba de pasar una noche en una cabaña y siguiendo su ritmo, el muchacho chupaba con avidez, emitiendo un sonido que en parte era de goce y en parte puro sufrimiento. Cuando la excitación lo desbordaba, el Aparcero le ordenó que se pusiera de espaldas aferrándose a los barrotes de la cama. El joven sumiso obedeció y el hombre empezó a arremeter contra él, cubierto de transpiración, sin dejar de preguntarle si le gustaba. Te gusta, putito, te la voy a meter a toda, ya vas a ver cómo te va a quedar la colita, le decía, mientras lo mantenía agarrado de la cintura con las piernas bien separadas, entrando y saliendo, entrando y saliendo, dando gritos, alaridos bestiales, hasta que acabó violentamente contrayendo los músculos de su cuerpo. Sacudió el pene dentro del muchacho y con prolijidad lo retiró. Buscó una toalla, limpió los restos de semen y se sentó en la cama con las piernas abiertas. A un costado el muchacho yacía ovillado, desnudo soltando unos llantos leves y entrecortados. El Aparcero se puso el pantalón, bebió un sorbo de agua, le acarició el pelo al muchacho, luego le tomó el rostro humedecido por el llanto y lo besó en los ojos. Le susurró algo inaudible al oído y salió. Pensó en el último aleteo de un canario entre los barrotes de una jaula. La mañana ya empezaba a abrirse paso en remolinos de luz, y con el miembro aún tieso, el Aparcero enfiló para la finca. Un largo día de trabajo lo esperaba. Raphael Pedernera. Nació en Villa Mercedes en 1991. Actualmente trabaja en un taller mecánico. Es profesor de Danzas folklóricas y participó en el carnaval de Potrero de los Funes.