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Estas profetisas, a las que también se conocía como Idises, Dises o Hagedises, oficiaban
en los santuarios forestales y en arboledas sagradas, y siempre acompañaban a los
ejércitos invasores. Encabezando o mezcladas entre el ejército, conducían
vehementemente a los guerreros a la victoria y cuando la batalla había concluido, a
menudo cortaban el águila sangrienta en los cuerpos de los prisioneros. La sangre se
recogía en grandes baldes, en los que las Dises sumergían sus brazos desnudos hasta los
hombros, antes de unirse a la frenética danza con la que concluía la ceremonia.
No era de extrañar que estas mujeres fueran muy temidas. Se ofrecían sacrificios para
que ellas fueran propicias y sólo fue en tiempos posteriores cuando fueron degradadas al
rango de brujas y enviadas a unirse con las multitudes de demonios en Brocken
(Alemania), o Blocksberg o Valpurgisnacht (noche de valpurgis).
Además de las Nornas o Dises, que también eran consideradas deidades protectoras, los
nórdicos adjudicaban a cada ser humano un espíritu guardián llamado Fylgie, el cual le
atendía de por vida, o bien con forma humana o animal y permanecía invisible a no ser
en el momento de la muerte, excepto para los poco iniciados
·Las
Las Valkirias.
Las asistentes especiales de Odín, las valkirias o mujeres guerreras, eran o bien sus
hijas, como es el caso de Brunnhild (Brunhilde o Brunilda), o descendientes de reyes
mortales, mujeres que tenían el privilegio de permanecer inmortales e invulnerables
mientras obedecieran implícitamente a los dioses y permanecieran vírgenes. Ellas y sus
caballos eran las personificaciones de las nubes, y sus relucientes armas las de los
relámpagos. Los antiguos imaginaban que descendían en picado a la orden de Valfather,
para escoger entre los caídos en batalla a los héroes dignos de disfrutar de los placeres
del Valhalla y lo suficientemente valientes como para prestar ayuda a los dioses cuando
la Gran Batalla tuviera lugar.
Estas doncellas eran representadas como jóvenes y bellas, con brazos
resplandecientemente blancos y cabellos dorados y sueltos. Vestían cascos de plata o de
oro y corseletes rojos como la sangre y, portando lanzas y escudos resplandecientes,
cargaban audazmente a través del fragor de la batalla sobre sus briosos corceles blancos.
Estos caballos galopaban a través de los dominios del aire y sobre el palpitante Bifröst,
llevando no sólo a sus hermosas jinetes, sino también a los héroes caídos que, tras haber
recibido el beso de la muerte de las valkirias, eran transportados inmediatamente al
Valhalla.
Ya que los corceles de las valkirias eran las personificaciones de las nubes, era natural
pensar que el blanco hielo y el rocía caían sobre la tierra desde sus brillantes crines
mientras surcaban el aire velozmente de acá para allá. Consiguientemente, eran muy
venerados y respetados, ya que la gente atribuía su influencia benéfica a gran parte de la
fertilidad de la tierra, la armonía de los valles y las montañas, el esplendor de los pinos
y el sustento de las praderas.
La misión de las valkirias no sólo se limitaba a los campos de batalla sobre la tierra,
pues a menudo también cabalgaban sobre el mar, asiendo a los vikingos muertos en los