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sucediendo se habían expandido y los vecinos entraron en la habitación en tales
cantidades que la tercera Norna fue empujada groseramente fuera de su asiento.
Furiosa ante esta afrenta, Skuld se alzó altanera y declaró que los dones concedidos por
sus hermanas serían inútiles, ya que ella decretaba que el niño viviría sólo tanto tiempo
como el cirio que ardía al lado de la cama tardara en consumirse. Estas palabras llenaron
de terror el corazón de la madre y estrechó estremeciéndose al bebé contra su pecho,
pues el cirio ya casi se había consumido y su extinción estaba cercana. La Norna mayor,
sin embargo, no tenía la intención de ver cómo sus predicciones se convertían en nada,
pero, ya que ella no podía obligar a su hermana a retractarse de sus palabras, asió
rápidamente el cirio, apagó la llama y le entregó el pedazo humeante a la madre del
niño, pidiéndole que lo guardara cuidadosamente y que nunca volviera a encenderlo
hasta que su hijo estuviera ya hastiado de la vida.
Al niño se le dio el nombre de Nornagesta, en honor a las Nornas y creció siendo tan
hermoso, valiente y talentoso como cualquier madre pudiese desear. Cuando fue lo
suficientemente mayor como para comprender la solemnidad de sus obligaciones, su
madre le contó la historia de la visita de las Nornas el día de su nacimiento y colocó en
su mano el fragmento de vela que quedaba, el cual guardó durante muchos años, dentro
del armazón de su arpa para más seguridad. Cuando sus padres fallecieron, Nornagesta
deambuló de un lugar a otro, tomando parte y destacando en todas las batallas, cantando
sus hazañas heroicas dondequiera que fuese. Ya que era de temperamento entusiasta y
poético, no se cansó pronto de la vida, y mientras otros héroes se hacían viejos y
decrépitos, él permanecía joven de corazón y vigoroso de cuerpo. Por tanto, presenció
las emocionantes gestas de las épocas heroicas, fue un preciado compañero de los
antiguos guerreros y, tras vivir durante trescientos años, vio que la creencia en los
antiguos dioses paganos pasaba a ser sustituida por las enseñanzas de los misioneros
cristianos. Nornagesta llegó finalmente hasta la corte del rey Olav Tryggvesson, el cual,
siguiendo su costumbre, le convirtió casi a la fuerza y le convenció para que fuera
bautizado. Entonces, deseoso de convencer a su gente de que los tiempos de las
supersticiones habían pasado, el rey obligó al anciano escaldo a extraer y encender el
cirio que había guardado con tanto cuidado durante más de tres siglos.
A pesar de su reciente conversión, Nornagesta observó inquieto la llama mientras
parpadeaba y, cuando finalmente se apagó, cayó al suelo sin vida, demostrando así que,
a pesar del bautismo recién recibido, él aún creyó en las predicciones de las Nornas.
En la Edad Media, e incluso más tarde, las Nornas figuran en muchas historias y mitos,
apareciendo como hadas o brujas,, como por ejemplo, en la historia de "La Bella
Durmiente" y la tragedia de Shakespeare, "Macbeth".
Las Vala.
A veces, las Nornas llevaban el nombre de Vala, o profetisas, ya que tenían el poder de
la adivinación, un poder que se contemplaba con gran veneración en las razas nórdicas,
que creían que estaba restringido al sexo femenino. Las predicciones de las Vala nunca
eran cuestionadas y se dice que el general romano Druso se aterrorizó tanto ante la
aparición de Veleda, una de las profetisas, la cual le advirtió que cruzara el Elba, que
terminó ordenando la retirada. Ella presagió su muerte cercana, la cual sucedió
efectivamente poco después con una caída de su caballo.