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Jötunheim y que era lo suficientemente fuerte como para botar la embarcación sin ninguna otra ayuda. Consecuentemente, los dioses le pidieron a uno de los gigantes de la tormenta que se acercaran a buscar a Hyrrokin; ella hizo acto de presencia con rapidez, montada sobre un lobo gigantesco, al cual ella guiaba con una rienda hecha de serpientes que se retorcían. Dirigiéndose hacia la costa, la giganta desmontó y mostró arrogantemente su disposición de proporcionar la ayuda requerida, si mientras tanto, los dioses se hacían cargo de su montura. Odín envió inmediatamente a cuatro de sus más enloquecidas fieras para que entretuvieran al lobo, pero, a pesar de su excepcional fuerza, no pudieron refrenar a la monstruosa criatura hasta que la giganta la hubo arrojado al suelo y atado a conciencia. Hyrrokin, viendo que ahora serían capaces de manejar a su obstinada montura, se dirigió hasta donde, en lo alto del borde del agua, se erigía el poderoso barco de Balder, Ringhorn. Apoyando su hombro contra su popa, lo envió al agua con un supremo esfuerzo. Tal era el peso de la carga y la rapidez con la que fue arrojado al mar, que la tierra tembló como si se tratase de un terremoto, y los troncos sobre los que el barco se deslizó ardieron en llamas debido a la fricción. El inesperado temblor, casi causó que los dioses perdieran el equilibrio, lo cual encolerizó tanto a Thor que alzó su martillo y estuvo a punto de matar a la giganta, si no le hubieran contenido sus compañeros. Fácilmente apaciguado, como era habitual, pues el temperamento de Thor, aunque fácilmente suscitado, era fugaz, embarcó en el barco de nuevo para consagrar la pira funeraria con su martillo sagrado. Mientras realizaba esta ceremonia, el enano Lit irrumpió de un modo irritante en su camino, después de lo cual, Thor que no había recuperado completamente su ecuanimidad, le arrojó al fuego que había acabado de encender con una espina, y el enano ardió hasta quedar reducido a cenizas junto a los cuerpos de la divina pareja. El impresionante barco se introdujo entonces en el mar y las llamas de la pira ofrecieron un espectáculo majestuoso que asumía una gloria mayor con cada momento que pasaba, hasta que, cuando el barco se aproximó al horizonte del Oeste, pareció que el mar y el cielo ardieran en llamas. Los dioses contemplaron tristes el resplandeciente barco y su preciosa carga, hasta que se sumergió súbitamente entre las olas y desapareció; no regresaron a Asgard hasta que la última chispa de luz se hubo desvanecido, y el mundo, como muestra de pesar por Balder el bondadoso, se envolvió en un manto de oscuridad. La Búsqueda de Hermod. Los dioses entraron en Asgard tristes, donde ningún sonido de alegría o festejos recibieron los oídos, pues todos los corazones estaban llenos de inquietante preocupación por el fin de todas las cosas, el cual se sentía inminente. Y, ciertamente, la idea del terrible invierno de Fimbul, el cual sería el heraldo de sus muertes, bastaba para desasosegar a los dioses. Sólo Frigg albergó esperanzas y esperó ansiosa el regreso de Hermod el veloz, el cual, mientras tanto, había atravesado el palpitante puente y el oscuro camino de Hel, hasta que, a la décima noche, había cruzado las rápidas corrientes del río Gjöll.