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Allí fue interrogado por Mödgud, que le preguntó por qué el puente Gjallar temblaba más bajo el cabalgar de su caballo que cuando pasaba todo un ejército, y le preguntó por qué él, un jinete vivo, pretendía entrar en los tenebrosos dominios de Hel. Hermod le explicó a Mödgud la razón de su visita y, tras averiguar que Balder y Nanna habían pasado por el puente antes que él, se apresuró a seguir su camino hasta que llegó a las puertas que se erigían imponentes ante él. Sin desalentarse ante esta barrera, Hermod desmontó sobre el suave hielo y, ajustando las correas de su silla, volvió a montar y, clavando sus espuelas en los brillantes costados de Sleipnir, le indujo a que diera un brinco prodigioso, aterrizando ileso al otro lado de la puerta de Hel. La Condición por la Liberación de Balder. En vano le informó Hermod a su hermano que había venido para rescatarlo. Balder negó triste con la cabeza, diciendo que sabía que debía permanecer en su lúgubre morada hasta la llegada del Último Día, pero le imploró a Hermod que se llevara con él a Nanna, pues el hogar de las sombras no era lugar para una criatura tan bella y brillante. Pero cuando Nanna escuchó esta petición, se aferró más al lado de su esposo, jurando que nada lograría separarla de él y que permanecería por siempre a su lado, incluso en Niflheim. La noche de agotó con la conversación, antes de que Hermod buscara a Hel para implorarle que liberara a Balder. La hosca diosa escuchó en silencio su petición, declarando finalmente que permitiría a su víctima marcharse a condición de que todas las cosas animadas e inanimadas mostraran su pesar por su pérdida derramando lágrimas. Esta respuesta estaba llena de esperanzas, pues toda la Naturaleza lamentaba la pérdida de Balder y seguramente no había nada en toda la creación que fuera a negar el tributo de una lágrima. Por tanto, Hermod salió feliz del oscuro reino de Hel, llevándose con él el anillo Draupnir, que Balder le devolvía a su padre, una alfombra bordada de Nanna a Frigg y un anillo para Fulla. El Regreso de Hermod. Los dioses se reunieron en asamblea ansiosamente alrededor de Hermod cuando éste regresó, y una vez hubo entregado los mensajes y los regalos, los Ases enviaron heraldos a todas las partes del mundo para pedir a todas las cosas animadas e inanimadas que lloraran la muerte de Balder. Al Norte, al Sur, al Este y al Oeste se dirigieron los heraldos y a su paso caían las lágrimas de todas las plantas y árboles, por lo que el suelo se vio saturado de humedad y los metales y piedras, a pesar de sus duros corazones, lloraron también. De camino de vuelta finalmente hacia Asgard, los mensajeros vieron acurrucada en una oscura cueva a un giganta de nombre Thok, que algunos mitólogos supusieron que era Loki disfrazado. Cuando se le pidió que derramara una lágrima, se burló de los heraldos e, introduciéndose en los oscuros nichos de su cueva, declaró que ninguna lágrima