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fueron inútiles. Desconsolados por su pérdida, se volvieron furiosos hacia Hodur, a quien hubieran matado allí mismo de no haber sido refrenados por la ley de los dioses, que impedía que ningún acto deliberado de violencia profanara sus lugares sagrados. El sonido de sus altos lamentos atrajo con gran rapidez a las diosas hasta el terrible lugar, y cuando Frigg vio que su hijo estaba muerto, rogó vehementemente a los dioses que fueran hasta Niflheim para implorarle a Hel que liberara a su víctima, ya que la tierra no podría existir felizmente sin él. La Misión de Hermod. Ya que el camino era extremadamente fatigoso y accidentado, ninguno de los dioses se ofreció a ir al principio. Pero cuando Frigg prometió que ella y Odín recompensarían al mensajero amándole por encima de todos los Ases, Hermod mostró su disposición a ejecutar la misión. A fin de capacitarle para ello, Odín le prestó a Sleipnir, y el noble caballo, que no solía dejar que nadie lo montara excepto Odín, partió sin demora hacia la oscura trayectoria que sus cascos ya habían cabalgado en dos ocasiones anteriormente. Mientras tanto, Odín ordenó que el cuerpo de Balder fuera trasladado de Breidablik y envió a los dioses al bosque para que cortaran enormes pinos con los que construir una pira funeraria digna. La Pira Funeraria. Mientras Hermod cabalgaba a través del sombrío camino que conducía al Niflheim, los dioses cortaron y acarrearon hasta la costa una gran cantidad de leña, la cual amontonaron sobre la cubierta del buque dragón de Balder, Ringhorn, construyendo una elaborada pira funeraria. Según la costumbre, ésta era decorada con tapices colgantes, coronas de flores, copas y armas de todas clases, anillos de oro e incontables objetos de valor, antes de que el inmaculado cadáver, ricamente ataviado, fuera traído y echado sobre ella. Uno tras otro, los dioses se acercaron entonces a ofrecer un último adiós a su amado compañero y cuando Nanna se encorvó hacia él, su tierno corazón se rompió, cayendo sin vida a su lado. Tras ver esto, los dioses la situaron respetuosamente al lado de su esposo, para que pudiera acompañarle incluso en la muerte; tras haber dado muerte a su caballo y a sus sabuesos, y haber rodeado la pira con espinas, los emblemas del sueño, Odín, el último de los dioses, se acercó. Como muestra de afecto por el difunto, y de dolor por su pérdida, todos habían echado sus más preciadas posesiones sobre la pira y Odín, inclinándose, añadió entonces a las ofrendas su anillo mágico Draupnir. Los dioses congregados percibieron que estaba susurrándole algo al oído de su hijo muerto, pero ninguno estaba lo suficientemente cerca para escuchar lo que había dicho. Tras haber concluido estos tristes preliminares, los dioses se dispusieron entonces a botar el barco, pero se encontraron con que la pesada carga de leña y joyas se resistía a sus esfuerzos combinados, por lo que no pudieron moverlo ni un centímetro. Los gigantes de las montañas, presenciando la escena desde lejos, y percatándose de su apuro, se acercaron y dijeron conocer a una giganta de nombre Hyrrokin, que vivía en