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desde que Frigg hubiera dispersado con sus precauciones la nube que había oprimido
sus espíritus. Sin embargo, cansados al final de este juego, pensaron en idear otro.
Habían averiguado que ningún proyectil podía dañar a Balder, por lo que se
entretuvieron lanzándole toda clase de armas, piedras, etc., con la certeza de que no
importaba cuánto se afanaran, pues los objetos, habiendo jurado no dañarle, errarían su
objetivo o caerían cortos de distancia. Esta nueva diversión demostró ser tan fascinante
que pronto todos los dioses se congregaron alrededor de Balder, recibiendo cada nuevo
fallo en acertarle con prolongadas risas.
La Muerte de Balder.
Estos arranques de jolgorio despertaron la curiosidad de Frigg, quien se encontraba
hilvanando sentada en Fensalir, y, viendo a una anciana pasar delante de su morada, le
pidió que se detuviera y que le contara qué estaban haciendo los dioses para provocar
tanto jolgorio. La anciana no era otra que Loki disfrazado, quien respondió que los
dioses estaban lanzando contra Balder piedras y otros proyectiles, embotados y afilados,
mientras que éste permanecía entre ellos sonriente e ileso, retándoles a que le acertaran.
La diosa sonrió y reanudó su labor, diciendo que era bastante natural que nada pudiera
dañar a Balder, ya que todas las cosas amaban la luz, del cual él era su símbolo, y
habían jurado solemnemente no dañarle. Loki, la personificación del fuego, se disgustó
mucho al oír esto, ya que estaba celoso de Balder, el Sol, que le había eclipsado por
completo y era amado por todos, mientras que a él se le temía y se le evitaba todo lo
posible. Pero él ocultó astutamente su irritación y le preguntó a Frigg si estaba segura de
que todos los objetos se habían unido al convenio.
Ella respondió orgullosa que había obtenido el solemne juramento de todas las cosas,
excepto el de un pequeño e inofensivo parásito, el muérdago, que crecía en el roble
cerca de las puertas del Valhalla y era demasiado pequeño e insignificante como para
ser temido. Esta información era todo lo que Loki quería saber y, tras despedirse de
Frigg, se alejó. Sin embargo, tan pronto como estuvo fuera del alcance de su vista,
recuperó su forma habitual y el muérdago que Frigg había mencionado. Entonces, con
sus artes mágicas le confirió al parásito un tamaño y una dureza bastante fuera de lo
común.
Del tallo de madera así obtenido fabricó diestramente una flecha con la que regresó
corriendo hasta Idavold, donde los dioses aún le estaban lanzando proyectiles a Balder,
estando mientras tanto únicamente Hodur apoyado tristemente contra un árbol, sin
participar en el juego. Loki se aproximó a la ligera hasta el dios ciego y, fingiendo
interés, le preguntó a cerca de la causa de su melancolía, insinuando astutamente al
mismo tiempo que eran el orgullo y la indiferencia lo que le prevenían de participar en
el juego. En respuestas a estas afirmaciones, Hodur alegó que sólo su ceguera le
impedía tomar parte en el nuevo juego y cuando Loki puso la flecha de muérdago en su
mano y lo guió hacia el centro del círculo, indicándole la dirección de la insólita diana,
Hodur disparó su flecha enérgicamente. Pero para su consternación, en vez de las
sonoras risas que esperaba, un escalofriante grito de horror atravesó sus oídos, pues
Balder el hermoso había caído al suelo, atravesado por el fatal muérdago.
Con terrible preocupación se reunieron los dioses alrededor de su querido compañero,
pero su vida había sido extinguida y todos sus esfuerzos para revivir al dios Sol caído