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Odín vio, para su sorpresa, que un festín se estaba preparando en este oscuro reino y que
los divanes habían sido cubiertos con tapices y anillos de oro, como si se esperara a
algún importante invitado. Pero él siguió corriendo sin descanso, hasta que llegó hasta
el lugar donde la vala había descansado sin ser perturbada durante muchos años, tras lo
que comenzó a entonar un hechizo mágico y a trazar las runas que tenían el poder de
revivir a los muertos.
La tumba se abrió súbitamente y su profetisa se incorporó lentamente, preguntando
quién había osado interrumpir su sueño. Odín, que no deseaba que supiera que él era el
poderoso padre de dioses y hombres, respondió que era Vegtam, hijo de Valtam, y que
la había despertado para informarse sobre el personaje para el que Hel estaba sacando
sus divanes y preparando un banquete festivo. Con voz sepulcral, la profetisa confirmó
todos sus temores contándole que el invitado al que esperaban era Balder, que estaba
destinado a ser muerto por Hodur, su hermano, el dios ciego de la oscuridad.
A pesar de la evidente reticencia de la vala para seguir hablando, Odín no quedó aún
satisfecho y le exigió que le dijera quién vengaría al dios asesinado y daría cuenta de su
asesino. La venganza y la represalia eran consideradas como deberes sagrados por las
razas nórdicas.
Entonces la profetisa le relató como Rossthiof había ya pronosticado que Rinda, la diosa
tierra, tendría un hijo de Odín y que Vali, como se llamaría el niño, no se lavaría el
rostro ni se peinaría los cabellos hasta que hubiese vengado en Hodur la muerte de
Balder.
Una vez hubo dicho esto la reacia vala, Odín preguntó: "¿Quién rehusará llorar la
muerte de Balder?". Esta imprudente pregunta demostró un conocimiento del futuro que
ningún mortal podía poseer, lo cual le reveló inmediatamente a la vala la indentidad de
su visitante. Consiguientemente, rehusando decir una sola palabra más, volvió a
hundirse en el silencio de la tumba, declarando que nadie sería capaz de volver a sacarla
de nuevo hasta que llegara el fin del mundo.
Tras enterarse de los designios de Orlog (destino), que él sabía que no podían ser
anulados, volvió a montar en su caballo y emprendió triste el camino de vuelta a
Asgard, pensando en la hora, no lejana, en al que su amado hijo dejara de ser visto en
las moradas celestiales, y cuando la luz de su presencia se hubiera desvanecido por
siempre.
Al entrar en Gladsheim, sin embargo, Odín se vio algo tranquilizado por las noticias,
rápidamente comunicadas por Frigg, referentes a que todas las cosas bajo el Sol habían
prometido que no dañarían a Balder y, sintiéndose convencido de que si nada iba a
matar a su hijo, seguramente iba a continuar alegrando a los dioses y a los hombres con
su presencia, dejó a un lado las preocupaciones y se entregó a los placeres del festín.
Los Juegos de los Dioses.
El campo de recreo de los dioses estaba situado en las verdes llanuras de Ida, y tenía el
nombre de Idavold. Allí se trasladaban los dioses cuando estaban de buen humor y su
juego favorito era el de lanzar sus discos de oro, lo cual hacían con gran habilidad.
Habían vuelto a la práctica de este acostumbrado pasatiempo con entusiasmo redoblado