Revista Greca | Page 63

Toda lectura siempre es distinta. Esto se debe a que toda novela plantea unas pautas particulares. La actividad de enfrentarse a una novela es en sí un acto peculiar porque hay que acomodarse a las imposiciones de una narrativa ajena, que en principio se desconoce pero que se irá manifestando a lo largo de su transcurso. Este descubrir de la narrativa se puede dar ya sea en los tres primeros párrafos, de manera impetuosa, o también, de manera menos explícita, en el lento devenir de la trama. La rapidez o la lentitud con que los distintos rasgos de cada novela emergen con claridad a la superficie, para su avistamiento por parte del lector, varía por lo general y no hay una obra igual a otra en ese aspecto. Este misterio inicial, este desconocimiento ante la voz con la que se irá a enfrentar el lector es, pues, lo que podríamos llamar uno de los grandes sortilegios del leer, del vivir la literatura. No sobra decir que en ciertas obras las narrativas a descubrir y el ritmo con que estas son encontradas generan más impacto que otras y que de ahí deriva su —llamándolo de alguna manera— éxito literario. Existen también, por otro lado, casos donde la sola originalidad de los rasgos que constituyen esa narrativa cautiva con mayor eficacia al público lector. El marino que perdió la gracia del mar, de Mishima, es precisamente uno de esos ejemplos. En sus primeras páginas, con una sutileza no conocida, se arma en la novela, sin ningún estruendo que delate la traída de la escenografía, un microuniverso cargado de texturas y de atmósferas. Sutilmente se alza, junto al lector —casi sin sentirlo—, un mundo palpitante. La literatura logra con facilidad esbozar escenarios, esa es una de sus características, nadie lo ignora; pero Mishima, por el contrario, lejos de entregar coordenadas y detalles cartográficos, nos regala la posibilidad de descubrir y ser en ese universo que se va tejiendo en su novela. El fragor de las situaciones, la profundidad de los rostros, el aroma exquisito de sus descripciones, no nos remiten a accidentes neutros, a situaciones planas; Mishima no cae en el error de definir sino que incurre en la tarea humana de percibir las cosas. Esto último es una de las razones por las cuales en el autor exploramos y asistimos a un mundo sin enterarnos de este copiando una definición dada. El rasgo narrativo que se impone en la novela —y que lo sentimos a manera de un extraño y letal brillo— es el de la precisión subjetiva. Lo que podría parecer una contradicción es aquí el mecanismo con el que la novela toma lugar y se carga de profundidades. Hemos mencionado hasta ahora que en Mi- shima se experimenta un mundo, que en la novela todo componente allí presente dista de la neutralidad y que al no optar por definir las cosas la narrativa se ocupa de su percepción. La precisión subjetiva significa aquí aquel rasgo que puede englobar todas las anteriores características; este rasgo habla de lo certero que puede llegar a ser la sensibilidad del sujeto y su experiencia para hablar del mundo, en contraposición con la reiterada misión por objetivar las distintas cosas para mostrarlas comprensibles en su supuesta naturaleza «universal». Se sostiene entonces que el rigor y exactitud del autor en su novela deriva de la emocionalidad del sujeto ante la cosa y no, como lo quiso gran parte de la literatura occidental, del contar la cosa excluyendo la subjetividad en busca de una suerte de puntualidad técnica. Esta precisión subjetiva, sin embargo, es un rasgo que posee —y aquí reside gran parte de su esencia— una forma de ser en la obra. ¿Cuál es, entonces, la forma orgánica de manifestarse de este rasgo narrativo en la obra? Dicha forma se evidencia únicamente —me atrevería a decir— en el momento descriptivo. Allí este rasgo se desenvuelve. Mishima lleva la llamada precisión subjetiva a feliz término en las ocasiones meramente descriptivas. Decir «ocasiones descriptivas» es hacer referencia a todo un submundo de posibilidades, estilos y maneras en los que se puede elaborar una descripción. Por eso mismo la diferencia y el poderío que tiene aquí la descripción radica en que ella transcurre y acuña una nueva tipología que dista de las usuales y conocidas por todos en la literatura occidental. Lejos de la descripción enciclopédica, técnica, científica; lejos de los principios de contigüidad, adecuación y coherencia que rigen el mundo de la descripción, la mencionada precisión de Mishima está sustentada en la forma particular de la plasticidad. La narrativa, con su precisión subjetiva, se manifiesta en un tipo de descripción de orden estrictamente visual. Entiendo aquí por «plasticidad» aquella propiedad de la narrativa de poder estructurar una aproximación a todo espacio, situación, objeto y fenómeno desde su componente netamente figurativo y visual. Allí, cuando se describe un contexto, se le enfrenta desde su realidad plástica; en la novela la relación con las cosas existe, pues, en el plano de la seducción entre el sujeto narrador y la cosa; la revelación de estas parte indiscutiblemente de la subjetividad. En principio, es este el centro donde confluye la importancia estética de la novela El marino que perdió 63