Revista EL MOLINO Revista EL MOLINO -Primavera 2019 | Página 38
no haber podido resolver el problema, un enigma incomprensible para él, tenía que hacer un gran esfuerzo para dominarse. Algunos
lloraban de rabia, otros respondían con palabras cínicas, otros –fuera de sí– rompían su pizarra con furor, llenando de injurias al maestro,
a la escuela y a los discípulos. Pitágoras compadecía entonces y decía con calma que, habiendo soportado tan mal la prueba del amor
propio, le rogaban no volviese más a una escuela de la cual tan mala opinión tenía, y en la que las elementales virtudes debían ser la
amistad y el respeto a los maestros. El candidato despedido se iba avergonzado y se volvía a veces algún enemigo temible para la Orden,
como aquel famoso Cylón, que más tarde amotinó al pueblo contra los pitagóricos y produjo la catástrofe de la Orden. Los que, al
contrario, soportaban los ataques con firmeza, que respondían a las provocaciones con palabras justas y espirituales, y declaraban que
estaban prestos a comenzar la prueba cien veces para obtener una sola parcela de sabiduría, eran solemnemente admitidos en el
noviciado y recibían las entusiastas felicitaciones de sus nuevos condiscípulos”.
Pitágoras pensaba que el hombre orgulloso es un factor de perturbación y de discordia, incapaz de progresar en el camino de
la perfección espiritual, lo que explica la importancia que deba el maestro filósofo al cumplimiento de esta última prueba moral.
Una vez, definitivamente admitido en la fraternidad pitagórica, el nuevo adepto debía vestirse de una túnica de lino puro (es
decir, blanco), y abstenerse de comer carne, pescado, habas y del uso de toda bebida fermentada. Se dedicaba desde entonces, bajo
la dirección de maestros designados por Pitágoras, al estudio de las matemáticas trascendentales, a la cosmogonía, biología,
astronomía, música, ejercicio físico y a todo lo que contribuye, en fin, a recordar las grandes leyes de la armonía que rigen el mundo
kosmos 4 y a revelar los sutiles lazos que unen al hombre con el Gran Todo. “El hombre –decían– es un pequeño mundo (microkosmos):
posee un cuerpo físico, como el Universo tiene sus energías y su movimiento; experimenta emociones que se pueden comparar en
la Natura a los fenómenos meteorológicos; tiene una razón, que equivale a La Providencia; el hombre aspira a la sabiduría, a la
armonía, a la felicidad y a la justicia, y esta noble facultad es reflejo humanizado de estas supremas Leyes que rigen la evolución
universal. Pero, por encima de todo, predicaban a sus alumnos la fraternidad, la razón y la humildad del ser.
En la enseñanza pitagórica elemental, los discípulos se sometían a la regla del silencio durante varios años y debían
conformarse con escuchar las lecciones de sus maestros sin informarse de sus secretas razones. Eran los llamados oyentes akusticoi.
Después de algunos años de enseñanza elemental, se invitaba a los discípulos a exponer libremente sus opiniones, sus dudas y
experiencias que habían recogido de sus meditaciones y estudios. Los adeptos a los cuales se reconocía suficientes capacidades,
ingresaban en la enseñanza superior. Pero no era indispensable pasar por la enseñanza elemental para alcanzar la superior. Los
neófitos que durante el período de pruebas se habían distinguido por su aptitud en profundizar las cosas, por la nobleza de sus
sentimientos, eran admitidos enseguida en la
clase más perfecta. En este grado, los
maestros explicaban a sus discípulos las causas
abstractas de los conocimientos enseñados. A
estos iniciados, se les llamaba matematicoi.
Eran los únicos que Pitágoras recibía en su
intimidad y que reconocía por verdaderos
discípulos.
Escena de estudio en la escuela pitagórica
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La jornada pitagórica se ordenaba como
sigue: al salir el sol, los discípulos más jóvenes
cantaban un himno armonioso y alegre a la
Naturaleza.
Danzas graves y lentas,
acompañadas por los nobles acentos de la lira,
concluían esta ceremonia, dándole un carácter
sagrado. Después seguían las abluciones y el
estudio. A mediodía la comida. Se componía
en su mayor parte de pan, higos, olivas y miel.
Durante la tarde, los pitagóricos consagraban
sus horas de ocio a paseos por lugares
solitarios 5 , que favorecían la meditación sobre
los estudios de la mañana, y después el baño,
para reposar el cuerpo de las fatigas del día.
Transcurrido el día, cuando el sol se ocultaba
tras el horizonte, empezaban otra vez los
cantos armoniosos, himnos dedicados a los
difuntos ilustres. En la calma del anochecer,
perfumado por el olor balsámico de la
vegetación meridional, resonaban los graves
cantos de los pitagóricos. Después de una cena
ligera, los pitagóricos se reunían para escuchar
una lectura que comentaba uno de los
discípulos de más edad.