Revista EL MOLINO Revista EL MOLINO -Primavera 2019 | Page 36
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emontándonos al propio siglo de Pitágoras 1 , encontramos el ramillete
admirable de sus discípulos directos o casi directos, como fueron Lysis,
Timeo de Locres, Heráclito, Empédocles, Hierokles, Sócrates, Platón y
Aponio de Tiana, cuyas versiones del genio del maestro derivan hacia la
espléndida floración de la escuela neoplatónica de Alejandría.
¡Qué gran profecía la del oráculo de Apolo Pytio cuando dijo a
Parthenis, la madre del gran filósofo: “Tu hijo será útil a todos los hombres de
todos los tiempos”! Lo que fue no menos acertadamente ratificado por el otro
oráculo de Adonai en Líbano, diciéndole: “¡Oh, mujer de Jonia, tu hijo será
grande por su sabiduría!”.
La arqueología comprobó muchas veces cuán preciosos
conocimientos poseían aquellos sabios del pasado, ciencias perdidas en su
casi totalidad por las guerras que devastaron aquellos países. La invasión de
los innumerables ejércitos de Cambises, rey de los persas, puso término a una
gloriosa era de estudio y civilización. Una vez saqueado Egipto, Cambises,
hizo transportar a Pitágoras a Babilonia. En la colosal y fabulosa ciudad,
Pitágoras tuvo aun la ocasión de estudiar nuevas ciencias. Si se atiende a los
interesantes datos que la arqueología ha podido recoger de los anales de
Caldea al término del último siglo, puede deducirse que los sabios de aquel
país poseían conocimientos relativamente extensos, principalmente en
astronomía y matemáticas 2 .
Después de un cautiverio de doce años, Pitágoras obtuvo, por fin, la
autorización de volver a su país. Llevaba consigo el precioso tesoro de las
experiencias acumuladas durante miles de años por los más grandes sabios
del mundo antiguo. Además, había observado durante su estancia en los
diversos pueblos, el estado precario de las naciones, en donde la autoridad de
los gobernantes descansa sobre la ignorancia y la abyección de los
gobernados. Había asistido a revoluciones sangrientas y comprobado
después cuántos frutos amargos habían producido. Comprendía que la vida
social comporta problemas muy complejos que no podían resolver los pueblos
solos, embrutecidos por regímenes de crueldad y de servidumbre. Pitágoras
soñaba, desde entonces, en otra revolución más profunda y de carácter muy distinto, en aquel orden social estable y fructífero que
sólo puede realizar la sabiduría cuando se inspira en la Naturaleza. Pensó que “es más agradable instruir a los hombres que
engañarlos…”.
Mas, el ilustre filósofo, sabía también que hubiera sido profanar tan precioso tesoro de ciencias y de sabiduría el ponerlo
entero en manos de hombres dominados por las pasiones o por creencias supersticiosas. Pensó entonces que para lograr con eficacia
la propagación de aquellas grandes verdades en la Humanidad, convenía comenzar por fundar en alguna parte una escuela donde
hombres y mujeres, designados por su inteligencia y sus virtudes, vendrían a estudiar aquellas leyes universales, con el noble ideal
de conformar su vida con las reglas de sabiduría que las mismas determinan.
Las pequeñas colonias griegas de la Italia meridional ofrecían –por su situación geográfica entre los dos más importantes
focos de civilización de entonces: Grecia y Roma, así como por su reciente fundación– un asilo favorable al desarrollo de las ideas
nuevas y generosas. Fue en una de ellas en donde Pitágoras decidió acometer su obra.
El Instituto pitagórico se elevaba en las afueras de Crotona. Un Museum o Templo de las Musas, rodeado de un semicírculo
de elegantes pórticos formaba el edificio principal. Estaba reservado a la enseñanza de la doctrina. El instituto comprendía, además,
numerosas dependencias consagradas a vivienda, a ejercicios físicos, a juegos y a las artes. Sus vastos jardines, plantados de cipreses
y olivos, se extendían hasta el mar.
La escuela pitagórica formaba una verdadera pequeña ciudad de sabios en medio de la flora encantadora del golfo de Tarento.
Contaba según Profirio, más de dos mil habitantes, hombres y mujeres, que, exaltados de entusiasmo por el nuevo ideal, habían
renunciado a su habitual vida convencional rutinaria, para aprovechar las lecciones del divino filósofo.