Revista EL MOLINO Revista EL MOLINO -Primavera 2019 | Page 31
Más seguros y autónomos. Las
diferencias entre los niños urbanitas y los
rurales las constata casi a diario Cristina
Gutiérrez, codirectora de La Granja,
Fundació per a l’Educació: “Por nuestra
granja escuela de Santa Maria de
Palautordera (Vallès Oriental) pasan
niños de pueblo, de ciudad, de P3, de
bachillerato, de escuelas públicas, de
centros privados… Unos 10.000 al año. Y
tenemos la experiencia de 20 años. Y
vemos que los que vienen de ciudad o
pueblos con entornos muy urbanos
llegan muy nerviosos, acelerados,
hablando muy alto; corren y no dejan de
moverse y de querer ir rápido a verlo
todo, como si se les fuera a acabar el
tiempo; los de pueblo se muestran más
tranquilos
y
serenos,
más
independientes, con menos miedos,
como más integrados con el resto del
mundo; los de ciudad no se atreven a
entrar en el bosque, no se sientan en el
suelo para no ensuciarse, se quejan si hay
piedras en el camino o si llueve porque
les parece que todo se ha de ajustar a sus
intereses y sus necesidades”, explica.
“La naturaleza ofrece una cantidad
tan elevada de estímulos que el
contacto con ella hace que el niño
se encuentre en un espacio abierto,
con sensación de libertad, con
capacidad de moverse libremente,
de observar los procesos que
ocurren, y eso es fundamental para
el desarrollo de sus habilidades de
movimiento pero también un
estímulo para sus neuronas, para
sus emociones y para su
aprendizaje; es una experiencia vital
que permite al niño sentir y medirse a sí
mismo de forma diferente a como lo
hace en la ciudad”, resume Mari Luz
Díaz, psicóloga, directora del centro de
innovación educativa Huerto Alegre y
presidenta de la red Onda de centros de
educación ambiental de Andalucía.
Más despiertos. Explica Díaz que el
contacto con la naturaleza incide
directamente en el movimiento, y la
neurociencia ha demostrado que este
tiene repercusión en el número de
conexiones neuronales y favorece una
organización cerebral rica y variada, una
mayor plasticidad, de modo que
favorece el desarrollo intelectual y el
aprendizaje
cognitivo.
“Caerse,
levantarse, ejercitar los músculos y los
sentidos, ponerse a prueba, coger
insectos, plantar semillas, son estímulos
para el cerebro y también para las
emociones, porque oler una flor,
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contemplar un campo de amapolas o ver
cómo nace un ternero provoca al niño
sensaciones que, a su vez, suscitan
emociones, y esas emociones son
luego importantes para construir el
conocimiento, porque lo que
aprendemos
vinculado
a
emociones se graba más fácilmente
en nuestra memoria y es más difícil
de olvidar ”, apunta la directora de
Huerto Alegre.
Más equilibrados. Que el contacto con
la naturaleza mejora las habilidades
motrices de los niños lo tiene clarísimo
Cristina García: “Los niños de entre uno
y tres años de nuestra guardería caminan
por el bosque mejor que los de cinco
años que llegan de Barcelona y no saben
subir una rampa, se tropiezan con las
piedras del camino, se ponen a llorar
porque se caen…”. Y asegura que este
ejemplo –tener que sortear piedras en el
camino, caerse y levantarse para
continuar adelante, etcétera– es muy
significativo de cómo el contacto con la
naturaleza contribuye al desarrollo
emocional de los niños. “En el campo es
fácil trabajar la tolerancia a la frustración
–si llueve te mojas y te aguantas; si te
tropiezas o estás cansado mientras estás
por el monte te has de aguantar y
continuar–, pero también la empatía y el
respeto mediante el contacto con los
animales y las plantas, o la serenidad y la
calma que exigen la observación y la
contemplación; se desarrollan muchas
habilidades de forma fácil y natural”,
apunta.