−Chimpancés −nos dijo Bernard−. Hay
unos cuantos ahí abajo.
−¿De verdad? ¿Y se pueden ver? −le pre-
guntamos rápidamente. Ya que no habíamos
podido ver ni sapos ni murciélagos, quizá
sí podríamos ver chimpancés. No eran una
especie endémica del macizo, pero induda-
blemente darían un valor cualitativo muy
superior a la ascensión.
Bernard pensó la respuesta durante un rato.
−Aquí no se pueden ver. Están demasiado
escondidos en la maleza de la selva. Pero cerca
de aquí, en el pueblo de Bossou, hay un peque-
ño bosque donde pueden verse fácilmente.
Al oírlo, nos miramos y decidimos ir a ver
los chimpancés. Bajamos la montaña en sólo
tres horas, deshaciendo el camino de subida
que ya conocíamos bien. Llegamos junto al
coche y encontramos a Ahmed barriendo el
polvo que se había acumulado en el capó y los
cristales a causa del viaje.
La misma pista forestal por la que habíamos
llegado hasta allá conducía a Bossou, cerca de
la otra frontera, la de Liberia. Pasamos por
algunas extensiones de hierbas altas, amari-
llentas por el calor, pero tocadas por el color
lila de algunas mimosas sensitivas. Un par de
bueyes salvajes se cruzaron por el camino, y
unas cuantas cabañas circulares al lado de la
carretera, con un mango y un papayero en
el patio, marcaron la proximidad de Bossou.
Antes de llegar al pueblo, encontramos el edi-
ficio del Centro de Investigación Ambiental,
dependiente de la Universidad de Kyoto. Aquí
es donde se alojan los treinta o cuarenta cien-
tíficos que van cada año a estudiar los dife-
rentes aspectos de la selva o el pueblo.
Llegamos a media tarde y encontramos al
grupo de guías que rastrea cada día la selva
para seguir a los chimpancés, y que regresaba
de su excursión por la selva. Hablamos con
ellos para ver si no era demasiado tarde. Los
chimpancés ya habían empezado a adentrar-
se en la selva para encontrar sitio para dor-
mir, pero a lo mejor aún se podía ver algo,
nos dijeron. Valía la pena intentarlo. Mien-
tras hablábamos, se avanzaron dos rastrea-
dores para localizar a los chimpancés. Una
vez acordado el precio, con otro par de guías
fuimos con el coche, ya lleno a reventar, hasta
el inicio del sendero que se internaba hacia el
bosque. Pascal, el jefe de los guías, vestido de
caqui y calzado con botas de agua, nos echó
un vistazo. Le debimos parecer una panda de
mugrosos vagabundos tan sucios como íba-
mos de todo el polvo del Nimba, y no sé si
fue por eso o porque era una política habitual,
nos dio a cada uno de nosotros una mascari-
lla de papel.
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Chimpancé en el bosque
de Bossou