Revista de viajes Magellan Octubre 2017 | Page 39

−Chimpancés −nos dijo Bernard−. Hay unos cuantos ahí abajo. −¿De verdad? ¿Y se pueden ver? −le pre- guntamos rápidamente. Ya que no habíamos podido ver ni sapos ni murciélagos, quizá sí podríamos ver chimpancés. No eran una especie endémica del macizo, pero induda- blemente darían un valor cualitativo muy superior a la ascensión. Bernard pensó la respuesta durante un rato. −Aquí no se pueden ver. Están demasiado escondidos en la maleza de la selva. Pero cerca de aquí, en el pueblo de Bossou, hay un peque- ño bosque donde pueden verse fácilmente. Al oírlo, nos miramos y decidimos ir a ver los chimpancés. Bajamos la montaña en sólo tres horas, deshaciendo el camino de subida que ya conocíamos bien. Llegamos junto al coche y encontramos a Ahmed barriendo el polvo que se había acumulado en el capó y los cristales a causa del viaje. La misma pista forestal por la que habíamos llegado hasta allá conducía a Bossou, cerca de la otra frontera, la de Liberia. Pasamos por algunas extensiones de hierbas altas, amari- llentas por el calor, pero tocadas por el color lila de algunas mimosas sensitivas. Un par de bueyes salvajes se cruzaron por el camino, y unas cuantas cabañas circulares al lado de la carretera, con un mango y un papayero en el patio, marcaron la proximidad de Bossou. Antes de llegar al pueblo, encontramos el edi- ficio del Centro de Investigación Ambiental, dependiente de la Universidad de Kyoto. Aquí es donde se alojan los treinta o cuarenta cien- tíficos que van cada año a estudiar los dife- rentes aspectos de la selva o el pueblo. Llegamos a media tarde y encontramos al grupo de guías que rastrea cada día la selva para seguir a los chimpancés, y que regresaba de su excursión por la selva. Hablamos con ellos para ver si no era demasiado tarde. Los chimpancés ya habían empezado a adentrar- se en la selva para encontrar sitio para dor- mir, pero a lo mejor aún se podía ver algo, nos dijeron. Valía la pena intentarlo. Mien- tras hablábamos, se avanzaron dos rastrea- dores para localizar a los chimpancés. Una vez acordado el precio, con otro par de guías fuimos con el coche, ya lleno a reventar, hasta el inicio del sendero que se internaba hacia el bosque. Pascal, el jefe de los guías, vestido de caqui y calzado con botas de agua, nos echó un vistazo. Le debimos parecer una panda de mugrosos vagabundos tan sucios como íba- mos de todo el polvo del Nimba, y no sé si fue por eso o porque era una política habitual, nos dio a cada uno de nosotros una mascari- lla de papel. 39 Chimpancé en el bosque de Bossou