La cima pelada del Monte Nimba
nubes por unos momentos, y pudimos ver
algo del magnífico paisaje. Nos subimos a la
construcción de piedra que marca la cima.
Desde ahí el macizo de verdes y redondeadas
montañas se extendía hasta el horizonte en
el sur, allá donde empezaban a bajar hacia la
planicie de Liberia. Una mancha de un verde
más intenso, en un valle entre las montañas,
nos indicó el lugar donde el agua era más
abundante, el mer d’hivernage, ahí donde
vivían los sapos vivíparos. No los pudimos
ver, pero sí vimos muchos insectos que se
posaban sobre nosotros en su búsqueda de
alimento: mariposas, escarabajos, abejas,…
Vi una mantis religiosa paralizada en el sue-
lo, quizá esperando a una presa, o entumecida
por el fresco de la mañana. Miraba hacia el
suroeste, hacia Liberia, ahí donde se entreveía
la gran mina de hierro al aire libre que habían
abierto como una herida profunda en la
belleza de la montaña. Me imaginé que quizá
solo estaba rezando para que no la ampliaran.
Pero en todo caso sus rezos no eran escucha-
dos. En el lado de Guinea, cerca de Gbakoré,
ya se estaba empezando a construir un pueblo
minero para explotar la montaña.
Éramos conscientes de que los días estaban
contados para las especies endémicas del Mon-
te Nimba y no habíamos tenido la suerte de
ver ninguna de ellas. Después de tanto sufrir
por llegar ahí, habíamos conseguido alcanzar
nuestra meta, pero sin ver ninguna de las espe-
cies por las cuales era famosa la sierra.
Desde lo alto de la construcción, podíamos
ver el precipicio de la cara noreste de la mon-
taña, ahí donde el acantilado recortado da al
Monte Nimba su silueta más conocida. En
su base veíamos la selva tropical, esponjosa
y con todas las tonalidades del verde. Desde
ella nos llegaban los sonidos alegres de algu-
nos pájaros exóticos, y de tanto en tanto, un
chillido grave que no supimos diferenciar.
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