Rápidos en el río
cercano a Gbakoré
Esa noche fue muy larga y calurosa, llena de
discursos de inauguración, agradecimientos
por nuestra presencia, bailes rústicos de hom-
bres rudos sacudiendo el cuerpo y mujeres
danzando con hijos a la espalda, bajo el telón
de fondo de la selva. Regresamos a dormir a
Gbakoré y dejamos a Bernard bailando, con
la esperanza que no terminara como Olivier
o como el fardo andrajoso que nos habíamos
cruzado en la carretera.
El día uno amaneció con una fina neblina
que tapaba la montaña, pero con un Bernard
perfectamente sobrio que nos llamó a la puerta
a la hora convenida cambiado en su ropa de
trabajo y cargando una mochila rosa escolar
de Sailor Moon. Subimos al coche y salimos del
pueblo, pasando junto al recinto de las minas
de hierro que explotan las faldas de la mon-
taña. Unos kilómetros más allá lo aparcamos
junto al camino. Nuestro chofer se quedó vigi-
lando el coche mientras los otros subíamos.
El amanecer rojizo de las siete de la maña-
na empezaba a dispersar las nubes bajas que
cubrían el Monte Nimba cuando Bernard
y Daïmou empezaron a dirigir la marcha.
Cruzamos campos desbrozados por el fuego
provocado, esperando la siguiente cosecha, y
llegamos a la zona de selva que delimita ya la
Reserva Natural. Hay algunos guardias, nos
dijo Bernard, pero no son suficientes para
evitar la caza furtiva.
A diferencia del desierto chamuscado de los
campos, en la selva la vida era exuberante. Un
pequeño río refrescaba el ambiente. El aire,
saturado de humedad, olía a tierra mojada y
estaba lleno del ruido de los grillos y los pája-
ros, difíciles de ver pero de canto ubicuo. Una
brisa movía las hojas en lo alto de las copas de
los árboles. Vimos troncos del género Fagara
con corteza llena de púas, arbustos de savon
noir (Carapa procera) y decenas de lianas,
epífitas y helechos de distintas especies.
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