Revista de viajes Magellan Octubre 2017 | Page 36

Rápidos en el río cercano a Gbakoré Esa noche fue muy larga y calurosa, llena de discursos de inauguración, agradecimientos por nuestra presencia, bailes rústicos de hom- bres rudos sacudiendo el cuerpo y mujeres danzando con hijos a la espalda, bajo el telón de fondo de la selva. Regresamos a dormir a Gbakoré y dejamos a Bernard bailando, con la esperanza que no terminara como Olivier o como el fardo andrajoso que nos habíamos cruzado en la carretera. El día uno amaneció con una fina neblina que tapaba la montaña, pero con un Bernard perfectamente sobrio que nos llamó a la puerta a la hora convenida cambiado en su ropa de trabajo y cargando una mochila rosa escolar de Sailor Moon. Subimos al coche y salimos del pueblo, pasando junto al recinto de las minas de hierro que explotan las faldas de la mon- taña. Unos kilómetros más allá lo aparcamos junto al camino. Nuestro chofer se quedó vigi- lando el coche mientras los otros subíamos. El amanecer rojizo de las siete de la maña- na empezaba a dispersar las nubes bajas que cubrían el Monte Nimba cuando Bernard y Daïmou empezaron a dirigir la marcha. Cruzamos campos desbrozados por el fuego provocado, esperando la siguiente cosecha, y llegamos a la zona de selva que delimita ya la Reserva Natural. Hay algunos guardias, nos dijo Bernard, pero no son suficientes para evitar la caza furtiva. A diferencia del desierto chamuscado de los campos, en la selva la vida era exuberante. Un pequeño río refrescaba el ambiente. El aire, saturado de humedad, olía a tierra mojada y estaba lleno del ruido de los grillos y los pája- ros, difíciles de ver pero de canto ubicuo. Una brisa movía las hojas en lo alto de las copas de los árboles. Vimos troncos del género Fagara con corteza llena de púas, arbustos de savon noir (Carapa procera) y decenas de lianas, epífitas y helechos de distintas especies. 36