Revista de viajes Magellan Octubre 2017 | Page 35

Gbakoré ya estaba animado cuando llega- mos en plena noche. La música de las dos dis- cotecas del pueblo ya sonaba fuerte. Delante de donde aparcamos el coche, dos mujeres acababan de retocarse el peinado en una peluquería improvisada sobre una esterilla y un par de bancos. La peluquera había venido a propósito desde Lola para quedarse tres días y poder arreglar el pelo de las mujeres para la fiesta de fin de año. Con la ayuda de linternas, enfilaba complicadísimos trenzados con tro- zos de peluca de plástico negro. Un par de hombres contemplaba ese espec- táculo desde el porche de una de las casas. Uno de ellos resultó ser el jefe del poblado, que conocía a Bernard. −No tardará en llegar −nos aseguró. Además, el jefe tenía habitaciones libres para alquilar, así que podíamos dormir ahí. Nos quedamos en esa casa para pasar la noche, y mientras descargábamos nuestras mochilas en las habitaciones, llegó Bernard. Era guía también para el IFAN, y venía jus- tamente de una excursión por la selva. Serio, recto, discreto y despierto, nos pareció la antí- tesis de Olivier y nos gustó enseguida. Con él sí tuvimos la impresión de que al final podría- mos llegar al Monte Nimba. −Me gustaría poder llevaros −nos dijo−. Pero deberíamos hablarlo luego. Ahora mis- mo vengo sucio del trabajo y tengo que ir rápido a casa para arreglarme. Hoy tenemos baile. Inauguramos una discoteca en un pue- blo cercano. ¿Por qué no venís a verlo? Así, sin más, nos invitaron a la inaugu- ración de la discoteca del pueblo de Gono- manota. Fuimos en el coche, y al llegar nos Niña en el poblado de Gbakoré encontramos a todo el pueblo en el exterior de la discoteca, un antro de unos cien metros cuadrados de ladrillo y techo metálico, con unos altavoces de música enlatada en los que sonaba Magic System. El Boîte de Nuit, como llaman a las disco- tecas, estaba aún vacío. Todo el mundo espe- raba fuera, delante de la cinta que impedía la entrada por la puerta. Las autoridades locales, entre ellas nuestro futuro guía Bernard, arre- gladas con sus mejores galas, estaban espe- rando a que les dieran la señal para entrar. Nosotros esperábamos con el resto de la población. De pronto, alguien de la organiza- ción se fijó en que yo tenía cámara y me pidió que sacara fotos. Sin darme tiempo a decir que sí o que no, me metieron por debajo de la cinta al interior y, cuando la cortaron, saqué fotos del tropel de gente que entró bailando al ritmo de la música. 35