y el alcohol se puede encontrar fácilmente,
por lo que algunos guineanos han acabado
sucumbiendo al alcoholismo. Olivier ya se
había avanzado a las celebraciones de fin de
año, y nos habíamos quedado sin guía para
la mañana siguiente. Sin guía y sin lugar para
dormir.
Uno de los trabajadores nos dio una
solución.
–Podéis hablar con Bernard Doré. Vive en
Gbakoré. Además, para subir al Monte Nim-
ba se sale desde ese pueblo.
Bajamos ya de noche hasta Gbakoré. Por el
camino ocasionalmente la luz de una moto-
cicleta se cruzaba en la oscuridad. A veces,
veíamos el brillar de unos dientes blancos o
el fulgir de los ojos de algún viajero que venía
en dirección contraria a pie. En un recodo de
la carretera, nuestro conductor, Ahmed, dio
un giro brusco del volante y evitó atropellar
un fardo abandonado en el suelo.
−Era un hombre −nos dijo−. Pero ni loco
paro para ver como está.
Lo más probable era que estuviera como
Olivier, embriagado por la fiesta de fin de
año. Pero Ahmed había tenido una muy mala
experiencia con una situación parecida: una
vez que paró para verificar el estado de un
hombre tumbado igualmente en la carrete-
ra, resultó que éste tenía un arma escondida
bajo