Revista de viajes Magellan Magellan Nº41 | Page 63

dos, descansábamos, comíamos juntos e incluso compartimos juegos de cartas. Al principio eran ellos dos solos los que jugaban, yo nunca fui muy dado a los juegos de cartas así que mientras lanzaban naipes sobre la mesa yo me subía a mi litera a leer. Pero no tardé mucho en rendirme a sus peticiones de unirme al juego, cada vez más insistentes. De nuevo el idioma se convirtió en una barrera. ¿Cómo explicarme unas reglas de un juego en ruso y solo con ayuda de gestos? Pues de alguna manera creo que lo entendí. Pero nada más lejos de la realidad, cuando reali- zaba una jugada que imaginaba ganadora me gritaban net, net!; y me volvían a explicar la misma regla pero con excepciones. No gané ni una sola mano de aquella partida y llegué a pensar, tras fijarme en sus sonrisas pícaras, que me engañaban para ganar ellos. Pero no importaba, lo de menos para mí era quien ganaba, no para ellos que discutían a gritos sobre las cartas que había lanzado el uno o el otro. Me encontraba en el Transiberiano, recorriendo la estepa siberiana junto a una madre y un hijo que me habían acogido en su pequeña familia. El kupé se convirtió en lo más parecido a un hogar durante aque- llos días, un hogar rodante de apenas unos metros cuadrados, Irina en una madre y Petya en un hermano. Creemos que el idioma es un muro difí- cil de franquear. Paraliza nuestros sentidos y hace despertar el miedo intrínseco del ser humano a lo desconocido, a nos ser enten- 63