Revista de viajes Magellan Magellan Nº41 | Page 62
en día. Necesitaría más de una semana, por-
que tendría que pararse mucho más tiempo
en cada pueblo o ciudad para que los pasa-
jeros pudieran apearse para buscar algo de
comer. Sin embargo, estas mujeres ayudan a
que el famoso tren no se demore más días,
gracias a ellas sus paradas pueden ser breves
y los pasajeros se sienten satisfechos y bien
servidos.
Otras veces el tren para algo más de tiem-
po, lo suficiente para bajar y pasear por los
andenes e incluso en alguna ocasión lo sufi-
ciente como para salir de la estación y visi-
tar la grandiosa plaza de la estación. En casi
todas las ciudades rusas es igual.
Recuerdo como en las primeras paradas
Irina bajaba también y me seguía mientras yo
me dirigía a un puesto de comida para com-
prar algo. Se quedaba unos pasos por detrás
mientras yo compraba, observaba toda la
transacción controlando que no me enga-
ñaran -o eso suponía yo-. Conforme la con-
fianza fue creciendo Irina se fue acercando
más a mí mientras compraba algo en algún
puesto situado cerca del andén. Finalmente,
compraba por mí, regateaba los precios y me
sugería que comprar o que no comprar. Se
convirtió poco a poco en una madre rusa
para mí. Me protegía al igual que protegía a
su hijo, con la diferencia de que él se podía
defender hablando ruso y yo no.
En el kupé el ambiente era cada vez más
relajado, nos acoplamos muy bien y eso se
notaba en nuestras caras, estábamos cómo-
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