Revista de viajes Magellan Magellan Nº41 | Page 61
En los días siguientes la relación fue cada
vez más cercana, compartíamos todo; la
comida, el agua, palabras en ruso y español.
Les mostré fotos de lugares que había visita-
do, ellos me mostraron fotos de su familia
que llevaban consigo. Tras varias conversa-
ciones de pocas palabras y gestos comprendí
por qué iban en el tren hacia el otro extremo
del mundo. Habían ido a Moscú a visitar las
tumbas de los padres de Irina y abuelos de
Petya. Un viaje de seis o siete días en un tren
para colocar f lores en una lápida llena de
musgo. El ser humano no deja de sorpren-
derme y sus motivos para viajar mucho más.
Yo viajo por viajar, por conocer, por evadir-
me de la mundanal rutina; y sin embargo allí
estaban ellos, mis compañeros de travesía
cuyo motivo era mucho más sentimental,
mostrar sus respetos y cariño a sus seres
queridos colocando un ramillete de bonitas
flores al pie de su lápida. Un viaje de miles de
kilómetros, metidos en un camarote peque-
ño, sin apenas intimidad, comiendo mal, y
solo para plantarse al pie de una losa de már-
mol durante unos pocos minutos.
El Transiberiano va haciendo paradas
cada poco tiempo. A veces las paradas son
de apenas unos minutos en los que multitud
de ancianas abrigadas y con pañuelos en la
cabeza se acercan a las ventanillas del tren
para ofrecerte un plato de comida caliente;
un sabroso guiso, una empanada rellena de
carne, y también bebidas y chocolatinas. Sin
este ejército de mujeres que espera ansiosa-
mente la llegada del tren a su localidad sería
imposible el trayecto del Transiberiano o al
menos en los términos en los que se hace hoy
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