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- Hola, amor ¿cómo estas?- le dijo Mónica con voz suave, plantándole un rápido pero firme beso en los
labios. inmóvil, y sin responder el beso, Antonio desvió la mirada.
- Hola, Mónica. Bien - respondió con voz tenue, mientras se apuraba a cerrar la puerta con llave tras de sí y
después, se dirigió a guardar sus cosas en el armario, alejandose de Mónica unos cuentos pasos. Ella tuvo
que contenerse para no abrazarlo. Notaba su cansancio, presen a que no era el mejor momento y tampoco
quería forzar las cosas. Lo observaba con atención y admi ó que seguía admirándolo.
- Y tú, ¿Cómo estás? - preguntó Antonio sin mirarla, tratando de llenar el tenso silencio. Todavía estaba
frente al armario, del cual extrajo ropa limpia.
- Bien. Hoy ocurrió algo - contestó ella con la esperanza de iniciar una conversación más profunda.
- ¿Qué ocurrió? - Antonio giró el cuerpo para mirarla a la cara por primera vez desde que llegó. Se había
quitado los zapatos y se disponía a entrar al cuarto de baño.
- Hoy gané bastante respeto de mi jefe... pero también resen miento de mis compañeros - con nuó Mónica
sin dejar de mirarlo.
- Mmm... Sí, me imagino - estaba visiblemente apurado por encontrar una excusa para
salir de allí. No mostró intención alguna de emi r opinión respecto al comentario de su
esposa. Mónica lo conocía tan bien que sin ó temor de haberlo incomodado. Se dijo a sí
misma que él necesitaba descansar.
Intentando ver un a sbo de alegría en el rostro de su esposo, Mónica señaló con la mano
hacia la cocina.
- Te preparé pollo. Ya sabes. Como te gusta - lo dijo con entusiasmo, disimulando que ya
estaba un poco desalentada. Se había acostumbrado a ocultar esa tristeza que la invadía
úl mamente en presencia de su esposo. Para Mónica, reconocer que no lograba conectar
de nuevo con Antonio por más que se esforzara, era en extremo di cil. Pero seguía
intentándolo. A cambio recibía monosílabos, miradas esquivas y una presencia inmersa
en silencios que no la acompañaba en absoluto.
- No voy a comer - contestó Antonio con voz firme, sabiendo que ella insis ría en saber la
razón.
- ¿Por qué? , ¿ t e sientes mal? - el tono de ella era más de preocupación que de reproche.
- Los muchachos de la oficina me invitaron y cenamos todos juntos - respondió a secas .
Sin esperar respuesta, entró al cuarto de baño, desapareciendo de la vista de Mónica.
Ella, desanimada y agobiada por el cansancio, sin ó un nudo en la garganta. Decidió guardar la comida. No
quiso cenar. Se sentó en la cama esforzándose por contener el llanto - No es para tanto, tal vez estoy muy
sensible - pensaba. Pero en su interior, palpitaba el dolor de sen rse ignorada.
Media hora después, Antonio estaba fresco y recién duchado. Mónica deseó abrazarlo con fuerza y no
soltarlo hasta recuperar su amor. Sin ó que apenas le quedaban fuerzas para ducharse. Ya no desponía de
palabras para acercarse a él. Además era necesario que se apurara. Debía levantarse temprano y enfrentar
otro día en la ruidosa oficina de su jefe.